"No hice otra cosa en la vida que preguntarle cosas a la gente. Por eso soy periodista, y por eso también soy escritor. Cuando escribo tengo las ventanas abiertas para que entren los ruidos, los gritos, los olores. Y todo eso va a parar a mis libros. El verdadero realismo mágico está en todas las calles y en todas las gentes".
Por Gabriel García Márquez.
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miércoles, 9 de febrero de 2011
sábado, 21 de noviembre de 2009
Ensayo sobre ciudad y ficción
Me vi sumergida en una escena de película hollywodense. Sería algo así: La joven sintió un escozor cuando reconoció, en el libro que llevaba en sus manos, los lugares que su rutina le hacía recorrer diariamente. Aun más extrañada se sintió cuando el personaje del relato alcanzó el tren que va de Retiro a Tigre, el mismo en el que iba ella en ese momento. La concentración a la que la tenía sumida la lectura del cuento, sin embargo, no le permitió detenerse demasiado en la coincidencia. Pero el sobresalto fue inevitable cuando, tras leer las tres últimas líneas, que contenían el trágico final del protagonista muerto debajo del tren en la estación Olivos, la joven levantó la cabeza y vio, como una risa del destino, las palabras, la estación que acababa de pasar: Olivos.
Podríamos elevar la discusión y decir que me vi sumergida en un cuento de Cortázar, como “La continuidad de los parques”, en el cual un hombre es alcanzado por la acción de la novela que está leyendo. Efectivamente, lo que narro en el párrafo anterior me sucedió mientras leía “La segunda vez”, de Edgardo Cozarinsky. En mi caso, sería algo así como la continuidad de los trenes. Sin embargo, mi falsa modestia no me permite concebirme como un personaje cortaziano. Aunque sí me voy a permitir usar al autor de Rayuela para buscarle una explicación al hecho o, en realidad, para dejar de buscarla. En su texto “El sentimiento de lo fantástico1”, Cortázar propone pensar a lo fantástico, “esas llamadas coincidencias en que de golpe nuestra inteligencia y nuestra sensibilidad tienen la impresión de que las leyes, a que obedecemos habitualmente, no se cumplen o se están cumpliendo sólo de manera parcial, o están dando su lugar a la excepción”, esos “paréntesis de la realidad”, como algo que está presente en nosotros mismos, que “no se da solamente en la literatura, sino que se proyecta de una manera perfectamente natural” en nuestra vida propia.
Entonces, me pregunto, ¿cuál es la relación entre lo ficcional, lo metafórico, y lo real, lo figurativo? ¿Son la misma cosa, como, a lo mejor, sugiere Cortázar? ¿Dónde está el límite entre ambos? Si yo leo que el tren está pasando por la estación Olivos, ¿el tren efectivamente está pasando por la estación Olivos?
De acuerdo a Paul Ricoeur, existen tres mímesis en el proceso que va desde la vida en acción al acto de lectura, entre el antes del texto y después del texto. Las dos primeras no nos ocupan para estos interrogantes, comprenden el momento previo a la escritura, cuando el sujeto reconoce en la realidad aquellos elementos y establece significaciones simbólicas que luego volcará en el texto, y el proceso de escritura propiamente dicho, cuando el autor configura la trama y establece una refiguración metafórica del campo de acción. La tercera, por su parte, consiste en el momento del acto de lectura, cuando el lector toma la experiencia remitida por el escritor y la refigura según su propia experiencia, la hace confluir con su propia existencia. Temiendo haber caído en tecnicismos y en aproximaciones teóricas para las que mejor resultaría leer al propio Ricoeur, me explico: el tren pasando por la misma estación en la realidad que estaba pasando en el papel y en la realidad que estaba pasando en mi vida no es otra cosa que la confluencia entre dos experiencias, la mía y la de Cozarinsky -buen día Cozarinsky, un gusto conocerlo y cruzarlo por acá, en este tercer mundo que creamos entre sus mímesis 1 y 2 y mi mímesis 3, curiosa confluencia la de nuestras respectivas reconfiguraciones de la realidad, ¿no le parece?-.
La casualidad me explicó de la mejor manera a qué se refiere Ricoeur cuando habla de un tercer tiempo posible en la ficción. El tiempo real es desordenado y muchas cosas ocurren en simultáneo, sin embargo existe una relación de anterioridad y posterioridad que no puede revertirse. El tiempo de la narración debe ser lineal, simplemente porque unas palabras no pueden superponerse a otras y aún así ser inteligibles. La ficción da lugar a un sistema de tiempo con reglas propias, donde el narrador y los personajes pueden ir y venir y, a la vez, se encuentran con el lector. El tren de la ficción pasa por la estación en el instante justo en el que el lector lee que el tren pasa por la estación. Que ese momento coincida con el tren del lector, el tren real, no es más que una invitación, o una cachetada, del universo para comprender lo metafórico de nuestra existencia, lo fantástico de la realidad, a lo Cortázar.
Voy a usar por tercera vez la palabra “confluencia”, es que me gusta pensar a lo metafórico y lo figurativo en un mismo plano. Es así como viendo una foto de Rafael Calviño, en la que un indigente duerme junto a una publicidad gráfica, en la cual dos personas le dan la espalda -y acá ya introduje la confluencia, porque establecí una relación entre eso simbólico (la publicidad) y eso real (la persona que duerme)- yo puedo pensar que lo que estoy viendo existe, y no por ser una fotografía es no real.
Capaz que verdaderamente hay un hombre que duerme usando un cartón de frazada y al lado, justo al lado, dos personas que les dan la espalda y miran una pared. Porque está bien que es una publicidad, y está bien que es una publicidad adentro de una foto, ¿pero no está ya la publicidad, la imagen, inserta en nosotros? ¿No estamos ya formateados? ¿Podemos distinguir, vale la pena distinguir, a esta áltura, la mentira de la verdad? La verdad: un mecanismo extraño para mí reprodujo lo que se vio por la lente de una cámara en un pedazo de papel, papel virtual o real. La mentira: un hombre duerme tapado con cartón al lado de dos personas en un museo de arte banalizado que le dan la espalda. Y ya no sé cual es cual.
Y justamente porque me gusta ese momento en que, congnositivamente, como en lo que acabo de plantear respecto a la foto de Calviño, y de manera más tangible en la anécdota del tren y Cozarinsky, la metáfora coincide con lo real, es que me gusta la ciudad. Porque es, justamente, es el escenario perfecto para la creación de la metáfora, para la resignificación de esa gran bola de realidades que nos arroja permanentemente Buenos Aires, como otras ciudades, en su constante movimiento y sobreabundancia de elementos y lecturas que marean al ojo curioso, al ojo desautomatizado. Acepto esto último como máxima pero no termino de entender por qué. ¿Qué es lo que lleva a la ficción a ocuparse tanto de la ciudad? ¿O qué es lo que lleva a la ciudad a estar tan ocupada por la ficción?
Quizás la anécdota que remito en el primer párrafo sea el ejemplo de cómo y por qué la ciudad da trama a la ficción. Tal vez sea esa sobreabundancia de elementos, de contrastes, la que incita a la literatura a acercarse a la ciudad, o quizás no sea una elección voluntaria, sino que ambas quedaron entrelazadas en una maraña de significados. Porque, justamente, eso tienen en común, son una gran telaraña. ¿Tejida por quién? ¿Será el capitalismo desenfrenado, que encuentra su más (im)perfecta expresión en la ciudad, la araña que teje y da por resultado esa red de la que lo más humano de los humanos quiere escapar y por eso recurre a esa realidad/no realidad que es la ficción para hacerlo?
Por otro lado, la literatura no puede tocar a la ciudad sin marcarla, sin llenarla de su materialidad intangible. En este punto, voy a caer en la irreverencia de citar una obra que no leí. Afortunadamente, Carlos Gamerro, a través de su ensayo “Pérdidos en la ciudad2” disimula un poco mi ignorancia y me permite hablar del Ulises de James Joyce. De acuerdo a Gamerro, la Dublín que construyó Joyce, y por cómo lo hizo, en su novela se mantiene exacta en el tiempo. “Como Dublín ha cambiado poco en cien años, el viajero puede tomarse el trabajo, Ulises en mano, de comprobar por sí mismo la exactitud de sus construcciones urbanas, y donde ya no esté el edificio original probablemente encontrará una plaqueta de bronce con la figura de Leopold Bloom y la cita del Ulises correspondiente: es decir, Joyce no sólo ha puesto a Dublin en un libro, sino que ha logrado que Dublín se convierta en uno: al recorrer las calles de la ciudad la vamos leyendo en las palabras que el autor eligió para ella”, explica el escritor. Y si desconfío de que la fotografía de Calviño sea la verdad y un hombre durmiendo junto a dos personas que le dan la espalda la mentira, ¿por qué no puedo suponer que la Dublín tangible es menos real que esa formación paralela que creó Joyce, y hoy se mantiene a fuerza de placas de bronce, como esos juegos en los que uniendo puntos se forma un dibujo?
Ciudad y ficción se hayan en una relación de reciprocidad. Una le da su elemento a la otra y viceversa. La ciudad le da trama a la ficción y la segunda entrama a la primera, de la misma manera en que lo real le da su sustancia a la metáfora para que esta juege irrespetuosa con ella y la metáfora resignifica a la realidad para que no paresca tan absurda, para unir significados y tranquilizarnos un poco, sentir que estamos presos en algo más profundo que el azar, que ese maraña, esa tela de araña, es una red donde caer, que es más suave que el piso, que el golpe duele menos y que la red está, que no es un abismo.
Podríamos elevar la discusión y decir que me vi sumergida en un cuento de Cortázar, como “La continuidad de los parques”, en el cual un hombre es alcanzado por la acción de la novela que está leyendo. Efectivamente, lo que narro en el párrafo anterior me sucedió mientras leía “La segunda vez”, de Edgardo Cozarinsky. En mi caso, sería algo así como la continuidad de los trenes. Sin embargo, mi falsa modestia no me permite concebirme como un personaje cortaziano. Aunque sí me voy a permitir usar al autor de Rayuela para buscarle una explicación al hecho o, en realidad, para dejar de buscarla. En su texto “El sentimiento de lo fantástico1”, Cortázar propone pensar a lo fantástico, “esas llamadas coincidencias en que de golpe nuestra inteligencia y nuestra sensibilidad tienen la impresión de que las leyes, a que obedecemos habitualmente, no se cumplen o se están cumpliendo sólo de manera parcial, o están dando su lugar a la excepción”, esos “paréntesis de la realidad”, como algo que está presente en nosotros mismos, que “no se da solamente en la literatura, sino que se proyecta de una manera perfectamente natural” en nuestra vida propia.
Entonces, me pregunto, ¿cuál es la relación entre lo ficcional, lo metafórico, y lo real, lo figurativo? ¿Son la misma cosa, como, a lo mejor, sugiere Cortázar? ¿Dónde está el límite entre ambos? Si yo leo que el tren está pasando por la estación Olivos, ¿el tren efectivamente está pasando por la estación Olivos?
De acuerdo a Paul Ricoeur, existen tres mímesis en el proceso que va desde la vida en acción al acto de lectura, entre el antes del texto y después del texto. Las dos primeras no nos ocupan para estos interrogantes, comprenden el momento previo a la escritura, cuando el sujeto reconoce en la realidad aquellos elementos y establece significaciones simbólicas que luego volcará en el texto, y el proceso de escritura propiamente dicho, cuando el autor configura la trama y establece una refiguración metafórica del campo de acción. La tercera, por su parte, consiste en el momento del acto de lectura, cuando el lector toma la experiencia remitida por el escritor y la refigura según su propia experiencia, la hace confluir con su propia existencia. Temiendo haber caído en tecnicismos y en aproximaciones teóricas para las que mejor resultaría leer al propio Ricoeur, me explico: el tren pasando por la misma estación en la realidad que estaba pasando en el papel y en la realidad que estaba pasando en mi vida no es otra cosa que la confluencia entre dos experiencias, la mía y la de Cozarinsky -buen día Cozarinsky, un gusto conocerlo y cruzarlo por acá, en este tercer mundo que creamos entre sus mímesis 1 y 2 y mi mímesis 3, curiosa confluencia la de nuestras respectivas reconfiguraciones de la realidad, ¿no le parece?-.
La casualidad me explicó de la mejor manera a qué se refiere Ricoeur cuando habla de un tercer tiempo posible en la ficción. El tiempo real es desordenado y muchas cosas ocurren en simultáneo, sin embargo existe una relación de anterioridad y posterioridad que no puede revertirse. El tiempo de la narración debe ser lineal, simplemente porque unas palabras no pueden superponerse a otras y aún así ser inteligibles. La ficción da lugar a un sistema de tiempo con reglas propias, donde el narrador y los personajes pueden ir y venir y, a la vez, se encuentran con el lector. El tren de la ficción pasa por la estación en el instante justo en el que el lector lee que el tren pasa por la estación. Que ese momento coincida con el tren del lector, el tren real, no es más que una invitación, o una cachetada, del universo para comprender lo metafórico de nuestra existencia, lo fantástico de la realidad, a lo Cortázar.
Voy a usar por tercera vez la palabra “confluencia”, es que me gusta pensar a lo metafórico y lo figurativo en un mismo plano. Es así como viendo una foto de Rafael Calviño, en la que un indigente duerme junto a una publicidad gráfica, en la cual dos personas le dan la espalda -y acá ya introduje la confluencia, porque establecí una relación entre eso simbólico (la publicidad) y eso real (la persona que duerme)- yo puedo pensar que lo que estoy viendo existe, y no por ser una fotografía es no real.
Capaz que verdaderamente hay un hombre que duerme usando un cartón de frazada y al lado, justo al lado, dos personas que les dan la espalda y miran una pared. Porque está bien que es una publicidad, y está bien que es una publicidad adentro de una foto, ¿pero no está ya la publicidad, la imagen, inserta en nosotros? ¿No estamos ya formateados? ¿Podemos distinguir, vale la pena distinguir, a esta áltura, la mentira de la verdad? La verdad: un mecanismo extraño para mí reprodujo lo que se vio por la lente de una cámara en un pedazo de papel, papel virtual o real. La mentira: un hombre duerme tapado con cartón al lado de dos personas en un museo de arte banalizado que le dan la espalda. Y ya no sé cual es cual.
Y justamente porque me gusta ese momento en que, congnositivamente, como en lo que acabo de plantear respecto a la foto de Calviño, y de manera más tangible en la anécdota del tren y Cozarinsky, la metáfora coincide con lo real, es que me gusta la ciudad. Porque es, justamente, es el escenario perfecto para la creación de la metáfora, para la resignificación de esa gran bola de realidades que nos arroja permanentemente Buenos Aires, como otras ciudades, en su constante movimiento y sobreabundancia de elementos y lecturas que marean al ojo curioso, al ojo desautomatizado. Acepto esto último como máxima pero no termino de entender por qué. ¿Qué es lo que lleva a la ficción a ocuparse tanto de la ciudad? ¿O qué es lo que lleva a la ciudad a estar tan ocupada por la ficción?
Quizás la anécdota que remito en el primer párrafo sea el ejemplo de cómo y por qué la ciudad da trama a la ficción. Tal vez sea esa sobreabundancia de elementos, de contrastes, la que incita a la literatura a acercarse a la ciudad, o quizás no sea una elección voluntaria, sino que ambas quedaron entrelazadas en una maraña de significados. Porque, justamente, eso tienen en común, son una gran telaraña. ¿Tejida por quién? ¿Será el capitalismo desenfrenado, que encuentra su más (im)perfecta expresión en la ciudad, la araña que teje y da por resultado esa red de la que lo más humano de los humanos quiere escapar y por eso recurre a esa realidad/no realidad que es la ficción para hacerlo?
Por otro lado, la literatura no puede tocar a la ciudad sin marcarla, sin llenarla de su materialidad intangible. En este punto, voy a caer en la irreverencia de citar una obra que no leí. Afortunadamente, Carlos Gamerro, a través de su ensayo “Pérdidos en la ciudad2” disimula un poco mi ignorancia y me permite hablar del Ulises de James Joyce. De acuerdo a Gamerro, la Dublín que construyó Joyce, y por cómo lo hizo, en su novela se mantiene exacta en el tiempo. “Como Dublín ha cambiado poco en cien años, el viajero puede tomarse el trabajo, Ulises en mano, de comprobar por sí mismo la exactitud de sus construcciones urbanas, y donde ya no esté el edificio original probablemente encontrará una plaqueta de bronce con la figura de Leopold Bloom y la cita del Ulises correspondiente: es decir, Joyce no sólo ha puesto a Dublin en un libro, sino que ha logrado que Dublín se convierta en uno: al recorrer las calles de la ciudad la vamos leyendo en las palabras que el autor eligió para ella”, explica el escritor. Y si desconfío de que la fotografía de Calviño sea la verdad y un hombre durmiendo junto a dos personas que le dan la espalda la mentira, ¿por qué no puedo suponer que la Dublín tangible es menos real que esa formación paralela que creó Joyce, y hoy se mantiene a fuerza de placas de bronce, como esos juegos en los que uniendo puntos se forma un dibujo?
Ciudad y ficción se hayan en una relación de reciprocidad. Una le da su elemento a la otra y viceversa. La ciudad le da trama a la ficción y la segunda entrama a la primera, de la misma manera en que lo real le da su sustancia a la metáfora para que esta juege irrespetuosa con ella y la metáfora resignifica a la realidad para que no paresca tan absurda, para unir significados y tranquilizarnos un poco, sentir que estamos presos en algo más profundo que el azar, que ese maraña, esa tela de araña, es una red donde caer, que es más suave que el piso, que el golpe duele menos y que la red está, que no es un abismo.
jueves, 22 de octubre de 2009
Al límite
Foto de Rafael CalviñoLa cosa es así. Me piden un divague académico pero le voy a sacar lo de académico. Porque la semana pasada escribí algo así como “en este punto alcanzan un mismo plano de significación la imagen dentro de la imagen, el museo de arte banalizado, y lo figurativo”, y ni yo, y sobre todo yo, entendía lo que decía mientras lo leía en voz alta y ponía cara de “¿yo escribí esto?” (¿será esa una especie de extrañamiento?). En fin, lo que quería decir es que todo este año me vienen hablando, acá (acá no, esta es mi casa, pero cuando lo lea el acá va a ser un aula), de desestructuración. De pensar lo cotidiano, lo naturalizado, como histórico, contrucción y social. Y que Marcuse, y que el aceptar lo fantástico como parte de lo real, y que los colectivos son elefantes que se persiguen, y hasta escribí que alguien iba a comer a besos a alguien y eso era antropofagia. Chau metáfora aprehendida con hache. Entonces, a lo que iba, es en que ya no creo que lo real sea la foto en sí y lo ficcional lo que representa, lo que refiere, lo que denota. Capaz que verdaderamente hay un hombre durmiendo usando un cartón de frazada y al lado, justo al lado, dos personas que les dan la espalda y miran una pared. Porque está bien que es una publicidad, y está bien que es una publicidad adentro de una foto, ¿pero no está ya la publicidad, la imagen, inserta en nosotros? ¿No estamos ya formateados? ¿Podemos distinguir, vale la pena distinguir, a esta áltura, la mentira de la verdad? La verdad: un mecanismo extraño para mí reprodujo lo que se vio por la lente de una cámara en un pedazo de papel, papel virtual o real. La mentira: un hombre duerme tapado con cartón al lado de dos personas en un museo de arte banalizado que le dan la espalda. Y ya no sé cual es cual. Y hoy elijo plantarme y decir que no creo más en las metáforas. Como si fuera algo en lo que se elije creer o no. Si no era así, hoy lo inauguro yo. Soy más escéptica que nunca. Lo que está ahí reflejado es. ¿Porque acaso no es eso el arte? ¿La capacidad de mostrar una realidad que existe? Porque no importa si esas tres personas de las fotos no estaban efectivamente ahí, no importa nisiquiera si estaban armadas con photoshop, o si eran un dibujo. En algún lado existen, en alguno y muchos lados, en todos. Y yo soy esas personas, a veces las de la publicidad y a veces el hombre que duerme. Porque a veces me dieron la espalda y muchas veces la dí. Y que yo llegue a esa conclusión gracias a mirar algo que no existe (o sí, me contradigo y me vuelvo a contradecir y está bien) se llama arte. Y nuevamente caigo en escribir algo que cuando lea en voz alta ni yo ni nadie va a entender, pero en este momento, lo juro, tiene tanto sentido. Y es tan sentido. Catártico.
miércoles, 7 de octubre de 2009
Primavera que no llega
Detrás de la habilidad de Immanuel Wallerstein para escribir, y su ingenio a la hora de argumentar, se enmascara un fatalismo tan radical que incluso llega al punto de dar por sentadas las fechas exactas en que sus predicciones ocurrirían. Sin embargo, suponer que la retirada de las tropas estadounidenses de Irak, hecho que efectivamente va a ocurrir en 2010 en detrimento de la confianza de la sociedad norteamericana en su poderío bélico, va a generar una “tormenta de fuego” es suponer que la presencia de Estados Unidos en Medio Oriente genera un clima de orden interno. Nada más lejos de la realidad.
Si bien Wallerstein no se equivoca cuando afirma que, tras la retirada estadounidense “probablemente los afganos vuelvan a la situación de las continuadas e insidiosas reyertas interétnicas de los señores de la guerra”, la situación actual del conflicto consta de tres actores: el gobierno estadounidense, los estados de los paises orientales involucrados y los talibán, todos ellos en permanente y violento enfrentamiento. La tormenta ya existe, Estados Unidos no fue ni será una garantía para la sequía armamentista y bélica.
El talibán sorprendió al mundo y demostró una fuerza mayor a la predicha. “Los talibán han resultado ser mucho más tenaces y militarmente efectivos de lo que nadie hubiera anticipado”, explica Wallerstein, y agrega que Estados Unidos es iluso al pretender erradicar al movimiento en tan solo diez años. Después de la vuelta a casa de las tropas norteamericanas, el objetivo del talibán será potenciar y hacer efectiva su ambición de imponer su ortodoxia islámica en la región y dejar en claro su destreza en asuntos militares. ¿Cuál es su objetivo ahora? Exactamente el mismo. ¿Cómo lucha para lograrlo? Con armas y manteniéndose firme en zonas estratégicas y pobladas de violencia como Afganistán y Pakistán.
Wallerstein predice el estallido de una tormenta torrencial, pero las precipitaciones ya existen y no son aisladas. ¿Hay que esperar a que Estados Unidos retire su ocupación el 31 de diciembre de 2010 para los truenos y relámpagos? El sociólogo pasa por alto que el temporal estrenduoso, con aroma a pólvora, empezó el día en que el mundo se dividió en dos maneras de pensarse a sí mismo tan extremas y distintas. Desde entonces, no hay primavera.
Si bien Wallerstein no se equivoca cuando afirma que, tras la retirada estadounidense “probablemente los afganos vuelvan a la situación de las continuadas e insidiosas reyertas interétnicas de los señores de la guerra”, la situación actual del conflicto consta de tres actores: el gobierno estadounidense, los estados de los paises orientales involucrados y los talibán, todos ellos en permanente y violento enfrentamiento. La tormenta ya existe, Estados Unidos no fue ni será una garantía para la sequía armamentista y bélica.
El talibán sorprendió al mundo y demostró una fuerza mayor a la predicha. “Los talibán han resultado ser mucho más tenaces y militarmente efectivos de lo que nadie hubiera anticipado”, explica Wallerstein, y agrega que Estados Unidos es iluso al pretender erradicar al movimiento en tan solo diez años. Después de la vuelta a casa de las tropas norteamericanas, el objetivo del talibán será potenciar y hacer efectiva su ambición de imponer su ortodoxia islámica en la región y dejar en claro su destreza en asuntos militares. ¿Cuál es su objetivo ahora? Exactamente el mismo. ¿Cómo lucha para lograrlo? Con armas y manteniéndose firme en zonas estratégicas y pobladas de violencia como Afganistán y Pakistán.
Wallerstein predice el estallido de una tormenta torrencial, pero las precipitaciones ya existen y no son aisladas. ¿Hay que esperar a que Estados Unidos retire su ocupación el 31 de diciembre de 2010 para los truenos y relámpagos? El sociólogo pasa por alto que el temporal estrenduoso, con aroma a pólvora, empezó el día en que el mundo se dividió en dos maneras de pensarse a sí mismo tan extremas y distintas. Desde entonces, no hay primavera.
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jueves, 1 de octubre de 2009
La inseguridad - crónica escrita en un viaje en tren a San Isidro
San Isidro es distinto
Más de una persona le había hecho el gesto de la nariz para arriba cuando contó que vivía en San Isidro. Y capaz tenían razón. O tal vez no. El partido incluye a la Cava, una de las villas más grandes del país, aunque tanto los sanisidrenses como los de afuera no acostumbren a mirar mucho más lejos de las calles Alvear, Belgrano y la hermosa avenida del Libertador. Pero, como dice el eslogan de la Municipalidad, que adorna numerosos carteles en la vía pública, San Isidro es distinto. Es la tierra de la convivencia. Una fortaleza de dos pisos emerge de un césped de película estadounidense y a ella entra una camioneta que parece tanque y se esconde con el ruido seco del portón metálico que se cierra como una cachetada. A unas pocas cuadras hay una pared inmensa custodiada por gendarmes que separa, como si la división no fuera ya obvia, como si se necesitara que digan “Ey, acá hay un ustedes y un nosotros”, a la villa del precioso, patricio, aristrocrático barrio de Santa Rita, o la Horqueta, no sé, son iguales. Error. San Isidro no es convivencia, es indiferencia. Es la tierra de las caras que miran para otro lado, para el más lindo.
Desde ya, muchas gracias
Ella iba a un colegio que quedaba en esa zona cerca de la estación San Isidro, donde hay una densidad de cinco colegios privados cada trescientos metros cuadrados. Sobreabundancia de elitismo que se complementa con la presencia del Club Atlético San Isidro, “cuna de los gerentes de empresas del mañana”, debería ser el eslogan. Allí no había convivencia, pero sí indiferencia, porque no hace falta que te pongan las cosas en la cara para saber que existen, ¿no? Sin embargo, hay un lugar de confluencia en la rutina de la mayoría de los habitantes de la zona: el tren. El que va de Retiro a Tigre, al que todos se refieren diciendo “Ah, pero es tranquilo, ahí no pasa nada”, el tren de la gente “bien”. El tren bien. Claro, eso no quita que una nena me entregue una tarjeta que dice “Señores pasajeros, disculpe la molestia, me puede ayudar con algunas moneditas, desde ya, muchas gracias” en el momento justo en que escribo “el tren bien”. Si supiera que estoy escribiendo sobre ella cuando me dice “que linda letra”...
Ay de nosotros
Cinco adolescentes vestidos igual, verdes de pies a cabeza, entran al vagón. Adentro, la confluencia. Seguramente a los y las oficinistas que vuelven del trabajo les moleste su presencia de risas fuertes y comentarios idiotas. Seguramente a las tres chicas sin uniforme algo en su presencia les moleste aún más.
“Chicos, me tiraron el pelo.” Ella se da vuelta y ve a las tres chicas, de esas que no entran en el “nosotros” sino en el “ellos”. Cada una mira a un lugar diferente del tren, parece una foto. “Chicos, me empujaron.” Otra foto. “Chicos, me pegaron una patada.” Tercer flash. Estáticas. No le quieren robar, no es más que el divertimento pasajero de tres pasajeras. Si esto llegara a conocimiento de TN sería algo así como: “Episodio de violencia extrema: joven estudiante atacada sin razón alguna por tres malvivientes mientras viajaba en tren”, y algunas vecinas sanisidrenses aparecerían diciendo que antes se podía viajar lo más bien, que ya no se puede vivir tranquilos, que ay de nosotros.
La nena sufrida
Minutos más tarde ella atraviesa las cinco cuadras de la estación a su casa, saluda a dos de los tres garitas que cruza, entra y se saca los zapatos de uniforme verde de colegio. Después se acuesta en el sillón naranja, el que inevitablemente induce a la siesta, y su mamá que le pregunta si quiere un té para sobrepasar el momento de vandalismo traumático que acaba de vivir. Sí, dice con voz de nena sufrida y prende la tele mientras espera el té. TN. Mientras que asesinatos, inseguridad, Fondo Monetario, el flagelo de la droga, la juventud perdida, los beneficios de comer bien y el gol de Palermo pasan por sus ojos piensa en la prueba de inglés que tiene al día siguiente (¡falta poco para rendir ese examen de universidad inglesa que, según le dicen, es una garantía para algún día conseguir trabajo!), su mente sigue divagando y aterriza en la remera nueva que va a estrenar el viernes a la noche. Y TN sabe todo esto.
A partir de este punto no puedo mentir. No sé cuántas cuadras caminó cada una de las tres chicas del tren para llegar a sus casas, ni si se tuvieron que tomar después un colectivo o qué. Tampoco sé si saludaron a dos garitas, pero puedo suponer que no. A lo mejor se cruzaron a algún policía, pero seguro no las saludó. No sé si cuando llegaron a su casa había un sillón naranja cómodo donde acostarse y si alguien les ofreció un té para sobrepasar la vida traumática que acababan de vivir. Pero puedo suponer que no. No sé si pensaron en la prueba de inglés del día siguiente, si iban a estrenar una remera ese viernes, si era importante estrenar una remera ese viernes, y si un examen les iba a garantizar trabajo. Pero puedo suponer que no. No sé si algo o alguien alguna vez les va a garantizar trabajo, pero puedo suponer que no. Ni TN ni yo sabemos todo esto. Y nos llenamos la boca hablando de la inseguridad. Qué palabra tan amplia, ¿no?
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miércoles, 26 de agosto de 2009
Un Dios en la tierra – El abandono a la búsqueda de la explicación

26 de agosto
Hace 95 años pasó algo fantástico. Nadie imaginó que un pequeño cuerpo que respiraba por primera vez iba a escupir cuentos, así como un hombre puede escupir conejitos y sacarlos al balcón. Pero la palabra “cuento” limita, recorta, es injusta. Agregarle las novelas tampoco alcanza. Porque no es fácil entender a Cortázar -no mentes sino almas inexpertas las nuestras, encasilladas a eso que se supone es la realidad-, pero ese “no se que hay adentro mio” que queda después de leer una obra del escritor no está contenida en los géneros literarios por sí solos y no tiene nada que ver con lo clasificable. Cortázar captura y hace respirar vida cotidiana, ómnibuses, ciudad, amenaza, extrañamiento, preguntas: humanidad. Sobre todo, sentimiento, porque es esa la palabra que más se acerca a ese “no se que hay adentro mio”.
Y al hecho de que haya existido un hombre mágico, en el sentido literal, acá no hay metáforas, cuya imagen incluso aporta a lo fantástico de su persona -un hombre en cuya altura y mirada coincide la eternidad-, no hay que encontrarle una explicación racional. Las búsquedas mejor dejárselas a un hombre y una mujer que aún hoy se persiguen en París. No hay que bajarlo a tierra. ¿Para qué, si, justamente, lo que deja en manifiesto es que hubo un Dios en la tierra? Y si esta razón no alcanzara, si alguien en el lugar del Dios quisiera colocar al empirismo y, por tanto, negar la afirmación anterior, aún en ese caso, por homenaje al gigante, se aceptará lo fantástico, lo irracional, como parte de lo real.
Porque es ese el legado de Cortázar, al menos así lo entienden estas dos manos que encuentran en el impulso las razones para escribir este texto y no en saberes o conocimientos que justifiquen su autoría, es habernos contado, ¡gritado!, que la realidad, desde una mirada desautomatizada de esta vida dividida en 24 horas cuyo mandato ¿divino? es ser destinadas a la producción, al mercado, es extraña, es fantástica.
Son ventanas que se abren y a veces dejan entrar a lo racional y otras a lo mágico. O quizás las dos sean la misma cosa.
Hace 95 años nació Julio Cortázar.
Hace 95 años pasó algo fantástico. Nadie imaginó que un pequeño cuerpo que respiraba por primera vez iba a escupir cuentos, así como un hombre puede escupir conejitos y sacarlos al balcón. Pero la palabra “cuento” limita, recorta, es injusta. Agregarle las novelas tampoco alcanza. Porque no es fácil entender a Cortázar -no mentes sino almas inexpertas las nuestras, encasilladas a eso que se supone es la realidad-, pero ese “no se que hay adentro mio” que queda después de leer una obra del escritor no está contenida en los géneros literarios por sí solos y no tiene nada que ver con lo clasificable. Cortázar captura y hace respirar vida cotidiana, ómnibuses, ciudad, amenaza, extrañamiento, preguntas: humanidad. Sobre todo, sentimiento, porque es esa la palabra que más se acerca a ese “no se que hay adentro mio”.
Y al hecho de que haya existido un hombre mágico, en el sentido literal, acá no hay metáforas, cuya imagen incluso aporta a lo fantástico de su persona -un hombre en cuya altura y mirada coincide la eternidad-, no hay que encontrarle una explicación racional. Las búsquedas mejor dejárselas a un hombre y una mujer que aún hoy se persiguen en París. No hay que bajarlo a tierra. ¿Para qué, si, justamente, lo que deja en manifiesto es que hubo un Dios en la tierra? Y si esta razón no alcanzara, si alguien en el lugar del Dios quisiera colocar al empirismo y, por tanto, negar la afirmación anterior, aún en ese caso, por homenaje al gigante, se aceptará lo fantástico, lo irracional, como parte de lo real.
Porque es ese el legado de Cortázar, al menos así lo entienden estas dos manos que encuentran en el impulso las razones para escribir este texto y no en saberes o conocimientos que justifiquen su autoría, es habernos contado, ¡gritado!, que la realidad, desde una mirada desautomatizada de esta vida dividida en 24 horas cuyo mandato ¿divino? es ser destinadas a la producción, al mercado, es extraña, es fantástica.
Son ventanas que se abren y a veces dejan entrar a lo racional y otras a lo mágico. O quizás las dos sean la misma cosa.
Hace 95 años nació Julio Cortázar.
martes, 7 de julio de 2009
Ficción y realidad
La ficción y la realidad no pueden deslindarse. Hacerlo equivaldría a caer en el error, común, de considerar a la primera como ese paréntesis de la experiencia sensorial del hombre donde se plantean mundos posibles. Posibles, no corpóreos. Posibles pero imposibles, al menos en esta vida. Pero no existe otra, esa es la cuestión. Escribir es descubrir que la realidad es, en verdad, fantasía. Es extrañarse. Es seguir la cátedra del Alfred Jarry. Aprender a ver lo extraño, lo ficcional, lo fantástico de eso que se tiene incorporado como la única verdad. Porque la única verdad es la realidad. No. La verdad es hija de la historia y escribir es comprender que esta pudo haber sido otra.
Julio Cortázar lo llama “el sentimiento de lo fantástico”. “Son irrupciones, esas llamadas coincidencias en que de golpe nuestra inteligencia y nuestra sensibilidad tienen la impresión de que las leyes, a que obedecemos habitualmente, no se cumplen del todo o se están cumpliendo de una manera parcial, o están dando su lugar a la excepción1”, explica. El gran escritor del cuento fantástico es el primero en afirmar la naturaleza de realidad presente en la ficción, en instaurar la idea de que la literatura no sale de otro lugar que de la vida diaria, que en lo cotidiano encuentra lo extraordinario, de un individuo concreto, real. Lo ficcional no es otra cosa que realidad.
En el mismo sentido, ¿quién se animaría a torcer el camino de Cortázar?, Juan José Saer expone que el carácter ficcional de la literatura es el medio para abarcar lo complejo de la realidad. La visión llana que tiene el mundo tal cual se presenta al ojo no entrenado no alcanza a las capas más profundas que, sin embargo, siempre se manifiestan en las penurias y felicidades humanas. En palabras del escritor: “No se escriben ficciones para eludir, por inmadurez o irresponsabilidad, los rigores que exige el tratamiento de la 'verdad', sino justamente para poner en evidencia el carácter complejo de la situación2”.
La forma de alcanzar esas irrupciones, esos paréntesis -en términos del autor de Rayuela-, es, según los expertos, aprender a mirar. De acuerdo a Gloria Pampillo: “Cuando se trata de escribir, se empieza a hacer más caso a detalles insólitos que llaman la mirada. En el proceso creativo tienen mucho valor esas asociaciones incongruentes que en la vida diaria se desechan. (...) Mirar. Esa es una de las claves3”. Fiel a la aspiración estética de todo escritor, Pampillo resume esa esencia de la ficción en una frase bella además de contundente: “Escribir es descubrir”.
Flannery O'Connor, por su parte, evidencia, quizás sin quererlo, estar de acuerdo con lo expuesto por los autores antes citados. Para ella, un cuento puede ser breve pero siempre deberá ser extenso en su profundidad. “El significado es lo que impide que un cuento breve sea 'corto'. (...) El significado de un cuento debe estar corporizado en la historia, debe hacerse concreto en ella4”, opina. Además, también hace incapié en el carácter real de lo que aparece como ficcional: “La primera y más obvia característica de la ficción es que trasmite de la realidad lo que puede ser visto, oído, olido, gustado y tocado. (…) En la escritura de ficción, el trabajo no consiste en decir las cosas, sino en mostrarlas. (…) Algo es fantástico porque es tan real, tan real que es fantástico”. De acuerdo a la escritora, lo que se distorciona en la literatura no es la realidad sino la forma de llegar a ella.
No es fácil contradecir a estos autores en lo que mejor saben hacer: ir más allá de lo que tiene de evidente la realidad que refractan en eso que, a menudo, aparece como insólito, como absurdo, como fantástico. Sin embargo, si se analiza detenidamente eso que llamamos “verdad”, se comprende la experiencia humana no carece de lo insólito, lo absurdo y lo fantástico.
1“El sentimiento de lo fantástico”, Julio Cortázar, www.ciudadseva.com
2“El concepto de ficción”, Juan José Saer, www.literatura.org
3Permítame contarle una historia, Gloria Pampillo, Eudeba
4Cómo se escribe un cuento, selección de Leopoldo Brizuela, Librería “El Ateneo” Editorial
Por Lucila Pinto
Julio Cortázar lo llama “el sentimiento de lo fantástico”. “Son irrupciones, esas llamadas coincidencias en que de golpe nuestra inteligencia y nuestra sensibilidad tienen la impresión de que las leyes, a que obedecemos habitualmente, no se cumplen del todo o se están cumpliendo de una manera parcial, o están dando su lugar a la excepción1”, explica. El gran escritor del cuento fantástico es el primero en afirmar la naturaleza de realidad presente en la ficción, en instaurar la idea de que la literatura no sale de otro lugar que de la vida diaria, que en lo cotidiano encuentra lo extraordinario, de un individuo concreto, real. Lo ficcional no es otra cosa que realidad.
En el mismo sentido, ¿quién se animaría a torcer el camino de Cortázar?, Juan José Saer expone que el carácter ficcional de la literatura es el medio para abarcar lo complejo de la realidad. La visión llana que tiene el mundo tal cual se presenta al ojo no entrenado no alcanza a las capas más profundas que, sin embargo, siempre se manifiestan en las penurias y felicidades humanas. En palabras del escritor: “No se escriben ficciones para eludir, por inmadurez o irresponsabilidad, los rigores que exige el tratamiento de la 'verdad', sino justamente para poner en evidencia el carácter complejo de la situación2”.
La forma de alcanzar esas irrupciones, esos paréntesis -en términos del autor de Rayuela-, es, según los expertos, aprender a mirar. De acuerdo a Gloria Pampillo: “Cuando se trata de escribir, se empieza a hacer más caso a detalles insólitos que llaman la mirada. En el proceso creativo tienen mucho valor esas asociaciones incongruentes que en la vida diaria se desechan. (...) Mirar. Esa es una de las claves3”. Fiel a la aspiración estética de todo escritor, Pampillo resume esa esencia de la ficción en una frase bella además de contundente: “Escribir es descubrir”.
Flannery O'Connor, por su parte, evidencia, quizás sin quererlo, estar de acuerdo con lo expuesto por los autores antes citados. Para ella, un cuento puede ser breve pero siempre deberá ser extenso en su profundidad. “El significado es lo que impide que un cuento breve sea 'corto'. (...) El significado de un cuento debe estar corporizado en la historia, debe hacerse concreto en ella4”, opina. Además, también hace incapié en el carácter real de lo que aparece como ficcional: “La primera y más obvia característica de la ficción es que trasmite de la realidad lo que puede ser visto, oído, olido, gustado y tocado. (…) En la escritura de ficción, el trabajo no consiste en decir las cosas, sino en mostrarlas. (…) Algo es fantástico porque es tan real, tan real que es fantástico”. De acuerdo a la escritora, lo que se distorciona en la literatura no es la realidad sino la forma de llegar a ella.
No es fácil contradecir a estos autores en lo que mejor saben hacer: ir más allá de lo que tiene de evidente la realidad que refractan en eso que, a menudo, aparece como insólito, como absurdo, como fantástico. Sin embargo, si se analiza detenidamente eso que llamamos “verdad”, se comprende la experiencia humana no carece de lo insólito, lo absurdo y lo fantástico.
1“El sentimiento de lo fantástico”, Julio Cortázar, www.ciudadseva.com
2“El concepto de ficción”, Juan José Saer, www.literatura.org
3Permítame contarle una historia, Gloria Pampillo, Eudeba
4Cómo se escribe un cuento, selección de Leopoldo Brizuela, Librería “El Ateneo” Editorial
Por Lucila Pinto
lunes, 6 de julio de 2009
Gracias Tinelli
Ya es un chiché, un lugar común, decir que la televisión es una empresa y, como tal, se maneja con un solo objetivo: el rédito. Hablar de la responsabilidad moral de los medios de comunicación está más cerca de la utopía que de la realidad. Sin embargo, dejar de hablar de imposibles es la única manera de que estos dejen de serlo. Es necesario comprender, a nivel social, que el hecho de que las cosas sean así, de que los medios sean empresas, no tiene que ver con la evolución natural sino con una construcción histórica. Por lo tanto, no tienen que ser necesariamente así, podrían ser de otra manera.
En este mundo ficticio, donde la construcción histórica fue otra, quienes están adelante, o justamente detrás, de un medio masivo, tendrían en cuenta que la regla de veracidad de la información transmitida va mucho más allá de lo inmediato. El efecto de la “cualquier verdura” de turno es una onda expansiva. Sí, se dijo y ya pasó, pero tiene resonancias que, por más que su contenido se desmienta, quedan insertas en el imaginario de los oyentes, lectores, o televidentes.
Cuando un diario publica, en época electoral, los resultados de una encuesta adulterada, tendenciosa, los datos se ven, de forma obligada, desmentidos por el desenlace real de los comicios. A pesar de esto, el “tipo común” que “tiene un plan” y que hay que querer para quererse a uno mismo ya apareció como un ganador. ¿Quién no quiere sentir que ganó junto a él?
De la misma forma, un hombre al que la plata, y el poder, ya le rebalsaron varias billeteras, que llenó a costas de exponer a nenes de menos de diez años culeando y perreando un reggeatón, de llevar la palabra “danza” (¿por un sueño?) al límite de la vulgaridad y obscenidad, puede hacer aparecer la imagen de un vicepresidente como un inepto que agrega un “no” delante de cada adjetivo y hacer del hecho de que los hombres más cercanos al gobierno anden con matones para todos lados algo simpático. ¿Vivimos en un país donde la presidenta y su vice no se hablan? ¿Donde un hombre que grita estar orgulloso de odiar “a todos los blancos” es el encargado de llenar los actos oficialistas? Riámosnos de todo esto y votemos al simpaticón que no abrió la boca en cuatro años en el Congreso pero nos causa gracia cuando dice “alica, alicate”. Gracias Tinelli.
Por Lucila Pinto
En este mundo ficticio, donde la construcción histórica fue otra, quienes están adelante, o justamente detrás, de un medio masivo, tendrían en cuenta que la regla de veracidad de la información transmitida va mucho más allá de lo inmediato. El efecto de la “cualquier verdura” de turno es una onda expansiva. Sí, se dijo y ya pasó, pero tiene resonancias que, por más que su contenido se desmienta, quedan insertas en el imaginario de los oyentes, lectores, o televidentes.
Cuando un diario publica, en época electoral, los resultados de una encuesta adulterada, tendenciosa, los datos se ven, de forma obligada, desmentidos por el desenlace real de los comicios. A pesar de esto, el “tipo común” que “tiene un plan” y que hay que querer para quererse a uno mismo ya apareció como un ganador. ¿Quién no quiere sentir que ganó junto a él?
De la misma forma, un hombre al que la plata, y el poder, ya le rebalsaron varias billeteras, que llenó a costas de exponer a nenes de menos de diez años culeando y perreando un reggeatón, de llevar la palabra “danza” (¿por un sueño?) al límite de la vulgaridad y obscenidad, puede hacer aparecer la imagen de un vicepresidente como un inepto que agrega un “no” delante de cada adjetivo y hacer del hecho de que los hombres más cercanos al gobierno anden con matones para todos lados algo simpático. ¿Vivimos en un país donde la presidenta y su vice no se hablan? ¿Donde un hombre que grita estar orgulloso de odiar “a todos los blancos” es el encargado de llenar los actos oficialistas? Riámosnos de todo esto y votemos al simpaticón que no abrió la boca en cuatro años en el Congreso pero nos causa gracia cuando dice “alica, alicate”. Gracias Tinelli.
Por Lucila Pinto
La práctica de un léxico transgresor: un método para evitar la discriminación
De modo frecuente, los medios hacen uso de un lenguaje cargado de palabras que pueden causar un impacto negativo en la sociedad: la discriminación, una práctica habitual que lastima y golpea de cerca a los seres humanos que han adoptado, o le ha tocado, llevar otro modo de vida, ya sea por optar cambiar de sexo, de ideología o por haber nacido con alguna dificultad física o mental. Pero lo más grave es que cuando se maneja tan erróneamente el vocabulario no se tiene en cuenta la consecuencia, y mucho menos la carga que ésta podría implicar.
No obstante, todavía existen y, sobre todo, resisten en una sociedad cargada de prejuicios y falta de valores – que determinan la conducta de las personas- individuos, que por medio de canales de difusión masiva, contribuyen a la integración de aquellos que han sido víctimas del mal uso de la palabra. Y lo más llamativo es que lo hacen con un léxico subido de tono, pero que se aferra al verdadero significado del término y, en consecuencia, su valoración y así se aleja del ejercicio que provoca la exclusión. Porque muchas veces los receptores caen en la trampa de los que por construir una frase bonita y, más aún, correcta por no contar de “malas palabras”, no miden el daño que se les puede provocar: ese receptor también será falto de principios y atacará del mismo modo a sus conciudadanos.
Las palabras no se sortean para instalarlas como sí en el lenguaje de cada uno. Tienen sentido y son tan atractivas que, sin tomar el previo recaudo y analizar lo que realmente quieren decir, pueden ser muy filosas. Las cosas se dicen como son, nadie está sujeto a un modo correcto para transmitirlas, porque de algún modo se tienen que instalar en la sociedad.
El medio en cuestión es un ejemplo que rompe el fastidioso prejuicio que deambula entre la gente: en el aire, que los integrantes de un programa por medio de un vocabulario más práctico y de alto voltaje quieran comunicar algo es extraordinario, ya que hoy la mayoría de los jóvenes se mueven con esas palabras y si no saben apreciarlas pueden cometer una equivocación.
También hay que tener en cuenta el modo en que lo emplean: el humor, la manera más fácil y divertida de llegar a sus oyentes. Ellos si le encontraron la vuelta de tuerca al manejo “zafado” del léxico que siempre fue mirado con malos ojos en la sociedad- y otra vez aparece el juicio previo-, cuando se habla de un “puto”, de una “gata”, de un “hijo de puta” y hasta de un “enfermo mental”. De este modo, buscan incluir a los excluidos por medios de comunicación, que ambiciosos por el rating y la “plata fácil” dan cuenta de “cosas raras” y “prohibidas”, que si fueran tomadas de manera común, porque integran el colectivo humano, y con ética contribuirían a disminuir el grado de mal interpretación de la palabra emitida y la consecuente discriminación.
Por Agustina Heb
No obstante, todavía existen y, sobre todo, resisten en una sociedad cargada de prejuicios y falta de valores – que determinan la conducta de las personas- individuos, que por medio de canales de difusión masiva, contribuyen a la integración de aquellos que han sido víctimas del mal uso de la palabra. Y lo más llamativo es que lo hacen con un léxico subido de tono, pero que se aferra al verdadero significado del término y, en consecuencia, su valoración y así se aleja del ejercicio que provoca la exclusión. Porque muchas veces los receptores caen en la trampa de los que por construir una frase bonita y, más aún, correcta por no contar de “malas palabras”, no miden el daño que se les puede provocar: ese receptor también será falto de principios y atacará del mismo modo a sus conciudadanos.
Las palabras no se sortean para instalarlas como sí en el lenguaje de cada uno. Tienen sentido y son tan atractivas que, sin tomar el previo recaudo y analizar lo que realmente quieren decir, pueden ser muy filosas. Las cosas se dicen como son, nadie está sujeto a un modo correcto para transmitirlas, porque de algún modo se tienen que instalar en la sociedad.
El medio en cuestión es un ejemplo que rompe el fastidioso prejuicio que deambula entre la gente: en el aire, que los integrantes de un programa por medio de un vocabulario más práctico y de alto voltaje quieran comunicar algo es extraordinario, ya que hoy la mayoría de los jóvenes se mueven con esas palabras y si no saben apreciarlas pueden cometer una equivocación.
También hay que tener en cuenta el modo en que lo emplean: el humor, la manera más fácil y divertida de llegar a sus oyentes. Ellos si le encontraron la vuelta de tuerca al manejo “zafado” del léxico que siempre fue mirado con malos ojos en la sociedad- y otra vez aparece el juicio previo-, cuando se habla de un “puto”, de una “gata”, de un “hijo de puta” y hasta de un “enfermo mental”. De este modo, buscan incluir a los excluidos por medios de comunicación, que ambiciosos por el rating y la “plata fácil” dan cuenta de “cosas raras” y “prohibidas”, que si fueran tomadas de manera común, porque integran el colectivo humano, y con ética contribuirían a disminuir el grado de mal interpretación de la palabra emitida y la consecuente discriminación.
Por Agustina Heb
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