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miércoles, 6 de abril de 2011

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Se dio cuenta en el andén. “Esta se está riendo de todos nosotros”, dijo mirando en el cartel la cabeza gigante de Pampita, que sonreía porque gracias a Garnier Nutrisse su pelo está nutrido.

viernes, 18 de febrero de 2011

Cadáver exquisito


*zapando junto a AC

Las plantas habían devorado ya toda la estructura del hogar. La galería, la cocina y sus ollas, el balcón y el pórtico estaban cubiertos por ramas de enredadera. Las perfumadas hojas y los florecidos capullos adornaban los marcos de las ventanas. Lo más curioso era el tronco negro y robusto que dormía en la cuna del bebé de la familia Sheridan.
Mientras el tronco dormía, el bebé leía el diario. Lo de siempre: dos asaltos a comercios, descubrieron que la pelusa del durazno ayudaría a prevenir el cáncer de cerebro, el Banco Central de Estados Unidos compró pesos húngaros para contrarrestar la inflación y el hallazgo de un bebé en Indonesia que sabía leer. Al llegar a esa parte, el bebé Sheridan miró por la ventana y vio el Mar Indonésico.
El niño recordó su último verano, justo antes de que la planta carnívora que su madre había plantado en noviembre, devenida en gigante y voraz en febrero, se tragara a la abuela con silla de ruedas, alzheimer y todo. El mar estaba límpido y el niñito pensó cómo sería nadar allí, solo.
Esa misma tarde, alquiló el triciclo más lujoso que había disponible en TriciTrans, cargó una mamadera de Seven Up en la mochila, sujetó su oso Teddy y se calzó una gorra con visera de Mariano el Marciano, su programa animado favorito. El sol se ponía y, recordando los libros de álgebra que su madre solía leerle, el pequeño supo que debía llegar antes del anochecer a la costa.
Gateó durante algunas horas, hasta que eso que raspaba sus rodillas dejó de ser asfalto y se transformó en arena. Allí, la multitud lo esperaba. El frío de la noche era opacado por el calor de las antorchas. El prodigio se encontró ante una disyuntiva. ¿Era su don una maldición? ¿Había sido, acaso, un plan de su madre para liquidarlo? Baby Sheridan, como lo apodaban en el taller de alfarería, recordó todas las noches de lectura con su progenitora junto a la estufa a gas. ¿Esa pretendida instrucción, del álgebra a la literatura escandinava, y luego a la tradición mitológica de la laguna de Trenque Lauquen, habían sido la antesala de lo que ahora veía?
Esa noche, gracias al diario de ese día, todos sabían su secreto, y reaccionarían. El gateador se preguntó, sin pronunciar palabra, ¿significaban las antorchas su muerte pública, o los fuegos artificiales de su consagración?
Surcando el cielo a duras penas, una gaviota de plumas rojas llegó volando, transpirada y sin aire al lugar. Sus latidos se oían a unos pocos metros, y la expresión de sus negros, pequeñitos ojos, dejaba saber que se despediría del mundo. “Yo no soy cantor letrao”, comenzó el ave. Cuando descubrió que estaba citando el Martín Fierro, retomó la charla. “Cuando lloraba y hablaba quería aprender a volar. Ahora quiero volver a tener sentimientos”, gritó mientras llegaba el párroco para darle la extremaunción.
“Ya habéis escuchado la condena pública”, le contestó el clérigo (marcando sus diferencias con el clericó). Mientras tanto, el periodista que había escrito la crónica de Baby Sheridan, presente en la playa, tomaba notas en su libreta:

Los humanos, puede uno observar en la playa y ante la presencia de vendedores de pirulines y barquillos, son como las hormigas. Por separado, están condenados a la riqueza y el sufrimiento. Claro, eso es lo que puede observar uno. Es difícil explicar qué podría observar yo, que para el periodismo conservador, no existo. Hasta que me opongo al gobierno.

Estaba satisfecho con su artículo. Pero aunque apagó su libreta y cerró el grabador, creyó que le quedaba algo por hacer en el lugar.
Fue entonces cuando, tarareando una melodía (que acompañada con palabras dice “Te vas Alfosina con tu soledad...”), el cronista caminó cauto, cada vez con las rodillas más sumergidas, y se acercó al horizonte. La mirada era imperturbable, pero la culpa lo atravesaba. El fervor de la multitud de sicarios le daba la espalda. En lo alto de muchas manos que lo alzaban, el pequeño Sheridan fue el último en ver la nuca del cronista. Finalmente, las burbujitas que salían del grabador fueron lo único que quedó de su presencia.

domingo, 31 de octubre de 2010


No me sale escribir sobre mí, si bien creo que es imposible escaparle del todo a la autoreferencialidad. Al menos me cuesta hacerlo de forma directa, en primera persona y sobre todo en caliente. Pero quiero entender por qué desde hace tres días estoy triste.
No fui a la Plaza. Pensé que me iba a sentir hipócrita, cuando hace unos años pensaba que su presidencia era fruto de la ignorancia del pueblo que vota (me da vergüenza escribir esta frase), y repetía fórmulas cristalizadas despachadas por operadores de prensa que adoptaba como propias.
Recién escapaba de la pollera de cuadrillé, camisa blanca, corbata y medias hasta la rodilla de lunes a viernes. De alguna forma, suelta en dos facultades, con profesores y (algunos) compañeros pensantes, buscaba no tener que hacerle frente a la terrible sospecha de que mucho de lo que había aprehendido (con hache) era cuestionable. Seguí aferrándome a las páginas sábanas de la tribuna de doctrina y al antiperonismo de mis cunas paterna y materna. Suscribía a las mismas ideas, pero esta vez pensaba que eran mías.
Abandonarlas fue violento. Todavía es violento. Y descubro que es una de las razones por las que lloro cada tanto desde el 27 de octubre. Es también un duelo.
Las estructuras viejas adentro mío se rompieron y se asomaron (tímidas y adolescentes aún, lo confieso) las nuevas, gracias a algunos libros y palabras escuchadas, cuando empecé a aprender leer y a escuchar, en alguna aula de la Facultad de Ciencias Sociales, tal vez.
Pero todo eso adentro de un marco. Fue gracias a que alguien giró el volante y nos llevó a ese lugar. Y por eso lloré. Me cambió a mí, que nací con Menem y me hice adolescente en el “que se vayan todos”. Atravesó a mi generación, de a punta a punta. Y el que se juzga ajeno a eso, me da lástima.

miércoles, 24 de marzo de 2010

CARTA ABIERTA DE RODOLFO WALSH A LA JUNTA MILITAR

1. La censura de prensa, la persecución a intelectuales, el allanamiento de mi casa en el Tigre, el asesinato de amigos queridos y la pérdida de una hija que murió combatiéndolos, son algunos de los hechos que me obligan a esta forma de expresión clandestina después de haber opinado libremente como escritor y periodista durante casi treinta años.
El primer aniversario de esta Junta Militar ha motivado un balance de la acción de gobierno en documentos y discursos oficiales, donde lo que ustedes llaman aciertos son errores, los que reconocen como errores son crímenes y lo que omiten son calamidades.
El 24 de marzo de 1976 derrocaron ustedes a un gobierno del que formaban parte, a cuyo desprestigio contribuyeron como ejecutores de su política represiva, y cuyo término estaba señalado por elecciones convocadas para nueve meses más tarde. En esa perspectiva lo que ustedes liquidaron no fue el mandato transitorio de Isabel Martínez sino la posibilidad de un proceso democrático donde el pueblo remediara males que ustedes continuaron y agravaron.
Ilegítimo en su origen, el gobierno que ustedes ejercen pudo legitimarse en los hechos recuperando el programa en que coincidieron en las elecciones de 1973 el ochenta por ciento de los argentinos y que sigue en pie como expresión objetiva de la voluntad del pueblo, único significado posible de ese "ser nacional" que ustedes invocan tan a menudo.
Invirtiendo ese camino han restaurado ustedes la corriente de ideas e intereses de minorías derrotadas que traban el desarrollo de las fuerzas productivtas, explotan al pueblo y disgregan la Nación. Una política semejante sólo puede imponerse transitoriamente prohibiendo los partidos, interviniendo los sindicatos, amordazando la prensa e implantando el terror más profundo que ha conocido la sociedad argentina.

2. Quince mil desaparecidos, diez mil presos, cuatro mil muertos, decenas de miles de desterrados son la cifra desnuda de ese terror.
Colmadas las cárceles ordinarias, crearon ustedes en las principales guarniciones del país virtuales campos de concentración donde no entra ningún juez, abogado, periodista, observador internacional. El secreto militar de los procedimientos, invocado como necesidad de la investigación, convierte a la mayoría de las detenciones en secuestros que permiten la tortura sin límite y el fusilamiento sin juicio.1
Más de siete mil recursos de hábeas corpus han sido contestados negativamente este último año. En otros miles de casos de desaparición el recurso ni siquiera se ha presentado porque se conoce de antemano su inutilidad o porque no se encuentra abogado que ose presentarlo después que los cincuenta o sesenta que lo hacían fueron a su turno secuestrados.
De este modo han despojado ustedes a la tortura de su límite en el tiempo. Como el detenido no existe, no hay posibilidad de presentarlo al juez en diez días según manda un ley que fue respetada aún en las cumbres represivas de anteriores dictaduras.
La falta de límite en el tiempo ha sido complementada con la falta de límite en los métodos, retrocediendo a épocas en que se operó directamente sobre las articulaciones y las vísceras de las víctimas, ahora con auxiliares quirúrgicos y farmacológicos de que no dispusieron los antiguos verdugos. El potro, el torno, el despellejamiento en vida, la sierra de los inquisidores medievales reaparecen en los testimonios junto con la picana y el "submarino", el soplete de las actualizaciones contemporáneas.2
Mediante sucesivas concesiones al supuesto de que el fin de exterminar a la guerilla justifica todos los medios que usan, han llegado ustedes a la tortura absoluta, intemporal, metafísica en la medida que el fin original de obtener información se extravía en las mentes perturbadas que la administran para ceder al impulso de machacar la sustancia humana hasta quebrarla y hacerle perder la dignidad que perdió el verdugo, que ustedes mismos han perdido.

3. La negativa de esa Junta a publicar los nombres de los prisioneros es asimismo la cobertura de una sistemática ejecución de rehenes en lugares descampados y horas de la madrugada con el pretexto de fraguados combates e imaginarias tentativas de fuga.
Extremistas que panfletean el campo, pintan acequias o se amontonan de a diez en vehículos que se incendian son los estereotipos de un libreto que no está hecho para ser creído sino para burlar la reacción internacional ante ejecuciones en regla mientras en lo interno se subraya el carácter de represalias desatadas en los mismos lugares y en fecha inmediata a las acciones guerrilleras.
Setenta fusilados tras la bomba en Seguridad Federal, 55 en respuesta a la voladura del Departamento de Policía de La Plata, 30 por el atentado en el Ministerio de Defensa, 40 en la Masacre del Año Nuevo que siguió a la muerte del coronel Castellanos, 19 tras la explosión que destruyó la comisaría de Ciudadela forman parte de 1.200 ejecuciones en 300 supuestos combates donde el oponente no tuvo heridos y las fuerzas a su mando no tuvieron muertos.
Depositarios de una culpa colectiva abolida en las normas civilizadas de justicia,incapaces de influir en la política que dicta los hechos por los cuales son represaliados, muchos de esos rehenes son delegados sindicales, intelectuales, familiares de guerrilleros, opositores no armados, simples sospechosos a los que se mata para equilibrar la balanza de las bajas según la doctrina extranjera de "cuenta-cadáveres" que usaron los SS en los países ocupados y los invasores en Vietnam.
El remate de guerrilleros heridos o capturados en combates reales es asimismo una evidencia que surge de los comunicados militares que en un año atribuyeron a la guerrilla 600 muertos y sólo 10 ó 15 heridos, proporción desconocida en los más encarnizados conflictos. Esta impresión es confirmada por un muestreo periodístico de circulación clandestina que revela que entre el 18 de diciembre de 1976 y el 3 de febrero de 1977, en 40 acciones reales, las fuerzas legales tuvieron 23 muertos y 40 heridos, y la guerrilla 63 muertos.3
Más de cien procesados han sido igualmente abatidos en tentativas de fuga cuyo relato oficial tampoco está destinado a que alguien lo crea sino a prevenir a la guerrilla y Ios partidos de que aún los presos reconocidos son la reserva estratégica de las represalias de que disponen los Comandantes de Cuerpo según la marcha de los combates, la conveniencia didáctica o el humor del momento.
Así ha ganado sus laureles el general Benjamín Menéndez, jefe del Tercer Cuerpo de Ejército, antes del 24 de marzo con el asesinato de Marcos Osatinsky, detenido en Córdoba, después con la muerte de Hugo Vaca Narvaja y otros cincuenta prisioneros en variadas aplicaciones de la ley de fuga ejecutadas sin piedad y narradas sin pudor.4
El asesinato de Dardo Cabo, detenido en abril de 1975, fusilado el 6 de enero de 1977 con otros siete prisioneros en jurisdicción del Primer Cuerpo de Ejército que manda el general Suárez Masson, revela que estos episodios no son desbordes de algunos centuriones alucinados sino la política misma que ustedes planifican en sus estados mayores, discuten en sus reuniones de gabinete, imponen como comandantes en jefe de las 3 Armas y aprueban como miembros de la Junta de Gobierno.

4. Entre mil quinientas y tres mil personas han sido masacradas en secreto después que ustedes prohibieron informar sobre hallazgos de cadáveres que en algunos casos han trascendido, sin embargo, por afectar a otros países, por su magnitud genocida o por el espanto provocado entre sus propias fuerzas.5
Veinticinco cuerpos mutilados afloraron entre marzo y octubre de 1976 en las costas uruguayas, pequeña parte quizás del cargamento de torturados hasta la muerte en la Escuela de Mecánica de la Armada, fondeados en el Río de la Plata por buques de esa fuerza, incluyendo el chico de 15 años, Floreal Avellaneda, atado de pies y manos, "con lastimaduras en la región anal y fracturas visibles" según su autopsia.
Un verdadero cementerio lacustre descubrió en agosto de 1976 un vecino que buceaba en el Lago San Roque de Córdoba, acudió a la comisaría donde no le recibieron la denuncia y escribió a los diarios que no la publicaron.6
Treinta y cuatro cadáveres en Buenos Aires entre el 3 y el 9 de abril de 1976, ocho en San Telmo el 4 de julio, diez en el Río Luján el 9 de octubre, sirven de marco a las masacres del 20 de agosto que apilaron 30 muertos a 15 kilómetros de Campo de Mayo y 17 en Lomas de Zamora.
En esos enunciados se agota la ficción de bandas de derecha, presuntas herederas de las 3 A de López Rega, capaces dc atravesar la mayor guarnición del país en camiones militares, de alfombrar de muertos el Río de la Plata o de arrojar prisioneros al mar desde los transportes de la Primera Brigada Aérea 7, sin que se enteren el general Videla, el almirante Massera o el brigadier Agosti. Las 3 A son hoy las 3 Armas, y la Junta que ustedes presiden no es el fiel de la balanza entre "violencias de distintos signos" ni el árbitro justo entre "dos terrorismos", sino la fuente misma del terror que ha perdido el rumbo y sólo puede balbucear el discurso de la muerte.8
La misma continuidad histórica liga el asesinato del general Carlos Prats, durante el anterior gobierno, con el secuestro y muerte del general Juan José Torres, Zelmar Michelini, Héctor Gutiérrez Ruíz y decenas de asilados en quienes se ha querido asesinar la posibilidad de procesos democráticos en Chile, Boliva y Uruguay.9
La segura participación en esos crímenes del Departamento de Asuntos Extranjeros de la Policía Federal, conducido por oficiales becados de la CIA a través de la AID, como los comisarios Juan Gattei y Antonio Gettor, sometidos ellos mismos a la autoridad de Mr. Gardener Hathaway, Station Chief de la CIA en Argentina, es semillero de futuras revelaciones como las que hoy sacuden a la comunidad internacional que no han de agotarse siquiera cuando se esclarezcan el papel de esa agencia y de altos jefes del Ejército, encabezados por el general Menéndez, en la creación de la Logia Libertadores de América, que reemplazó a las 3 A hasta que su papel global fue asumido por esa Junta en nombre de las 3 Armas.
Este cuadro de exterminio no excluye siquiera el arreglo personal de cuentas como el asesinato del capitán Horacio Gándara, quien desde hace una década investigaba los negociados de altos jefes de la Marina, o del periodista de "Prensa Libre" Horacio Novillo apuñalado y calcinado, después que ese diario denunció las conexiones del ministro Martínez de Hoz con monopolios internacionales.
A la luz de estos episodios cobra su significado final la definición de la guerra pronunciada por uno de sus jefes: "La lucha que libramos no reconoce límites morales ni naturales, se realiza más allá del bien y del mal".10

5. Estos hechos, que sacuden la conciencia del mundo civilizado, no son sin embargo los que mayores sufrimientos han traído al pueblo argentino ni las peores violaciones de los derechos humanos en que ustedes incurren. En la política económica de ese gobierno debe buscarse no sólo la explicación de sus crímenes sino una atrocidad mayor que castiga a millones de seres humanos con la miseria planificada.
En un año han reducido ustedes el salario real de los trabajadores al 40%, disminuido su participación en el ingreso nacional al 30%, elevado de 6 a 18 horas la jornada de labor que necesita un obrero para pagar la canasta familiar11, resucitando así formas de trabajo forzado que no persisten ni en los últimos reductos coloniales.
Congelando salarios a culatazos mientras los precios suben en las puntas de las bayonetas, aboliendo toda forma de reclamación colectiva, prohibiendo asambleas y comisioncs internas, alargando horarios, elevando la desocupación al récord del 9%12 prometiendo aumentarla con 300.000 nuevos despidos, han retrotraído las relaciones de producción a los comienzos de la era industrial, y cuando los trabajadores han querido protestar los han calificados de subversivos, secuestrando cuerpos enteros de delegados que en algunos casos aparecieron muertos, y en otros no aparecieron.13
Los resultados de esa política han sido fulminantes. En este primer año de gobierno el consumo de alimentos ha disminuido el 40%, el de ropa más del 50%, el de medicinas ha desaparecido prácticamente en las capas populares. Ya hay zonas del Gran Buenos Aires donde la mortalidad infantil supera el 30%, cifra que nos iguala con Rhodesia, Dahomey o las Guayanas; enfermedades como la diarrea estival, las parasitosis y hasta la rabia en que las cifras trepan hacia marcas mundiales o las superan. Como si esas fueran metas deseadas y buscadas, han reducido ustedes el presupuesto de la salud pública a menos de un tercio de los gastos militares, suprimiendo hasta los hospitales gratuitos mientras centenares de médicos, profesionales y técnicos se suman al éxodo provocado por el terror, los bajos sueldos o la "racionalización".
Basta andar unas horas por el Gran Buenos Aires para comprobar la rapidez con que semejante política la convirtió en una villa miseria de diez millones de habitantes. Ciudades a media luz, barrios enteros sin agua porque las industrias monopólicas saquean las napas subtérráneas, millares de cuadras convertidas en un solo bache porque ustedes sólo pavimentan los barrios militares y adornan la Plaza de Mayo , el río más grande del mundo contaminado en todas sus playas porque los socios del ministro Martínez de Hoz arrojan en él sus residuos industriales, y la única medida de gobierno que ustedes han tomado es prohibir a la gente que se bañe.
Tampoco en las metas abstractas de la economía, a las que suelen llamar "el país", han sido ustedes más afortutunados. Un descenso del producto bruto que orilla el 3%, una deuda exterior que alcanza a 600 dólares por habitante, una inflación anual del 400%, un aumento del circulante que en solo una semana de diciembre llegó al 9%, una baja del 13% en la inversión externa constituyen también marcas mundiales, raro fruto de la fría deliberación y la cruda inepcia.
Mientras todas las funciones creadoras y protectoras del Estado se atrofian hasta disolverse en la pura anemia, una sola crece y se vuelve autónoma. Mil ochocientos millones de dólares que equivalen a la mitad de las exportaciones argentinas presupuestados para Seguridad y Defensa en 1977, cuatro mil nuevas plazas de agentes en la Policía Federal, doce mil en la provincia de Buenos Aires con sueldos que duplican el de un obrero industrial y triplican el de un director de escuela, mientras en secreto se elevan los propios sueldos militares a partir de febrero en un 120%, prueban que no hay congelación ni desocupación en el reino de la tortura y de la muerte, único campo de la actividad argentina donde el producto crece y donde la cotización por guerrillero abatido sube más rápido que el dólar.
6. Dictada por el Fondo Monetario Internacional según una receta que se aplica indistintamente al Zaire o a Chile, a Uruguay o Indonesia, la política económica de esa Junta sólo reconoce como beneficiarios a la vieja oligarquía ganadera, la nueva oligarquía especuladora y un grupo selecto de monopolios internacionales encabezados por la ITT, la Esso, las automotrices, la U.S.Steel, la Siemens, al que están ligados personalmente el ministro Martínez de Hoz y todos los miembros de su gabinete.
Un aumento del 722% en los precios de la producción animal en 1976 define la magnitud de la restauración oligárquica emprendida por Martínez de Hoz en consonancia con el credo de la Sociedad Rural expuesto por su presidente Celedonio Pereda: "Llena de asombro que ciertos grupos pequeños pero activos sigan insistiendo en que los alimentos deben ser baratos".14
El espectáculo de una Bolsa de Comercio donde en una semana ha sido posible para algunos ganar sin trabajar el cien y el doscientos por ciento, donde hay empresas que de la noche a la mañana duplicaron su capital sin producir más que antes, la rueda loca de la especulación en dólares, letras, valores ajustables, la usura simple que ya calcula el interés por hora, son hechos bien curiosos bajo un gobierno que venía a acabar con el "festín de los corruptos".
Desnacionalizando bancos se ponen el ahorro y el crédito nacional en manos de la banca extranjera, indemnizando a la ITT y a la Siemens se premia a empresas que estafaron al Estado, devolviendo las bocas de expendio se aumentan las ganancias de la Shell y la Esso, rebajando los aranceles aduaneros se crean empleos en Hong Kong o Singapur y desocupación en la Argentina. Frente al conjunto de esos hechos cabe preguntarse quiénes son los apátridas de los comunicados oficiales, dónde están los mercenarios al servicio de intereses foráneos, cuál es la ideologia que amenaza al ser nacional.

Si una propaganda abrumadora, reflejo deforme de hechos malvados no pretendiera que esa Junta procura la paz, que el general Videla defiende los derechos humanos o que el almirante Massera ama la vida, aún cabría pedir a los señores Comandantes en Jefe de las 3 Armas que meditaran sobre el abismo al que conducen al país tras la ilusión de ganar una guerra que, aún si mataran al último guerrillero, no haría más que empezar bajo nuevas formas, porque las causas que hace más de veinte años mueven la resistencia del pueblo argentino no estarán dcsaparecidas sino agravadas por el recuerdo del estrago causado y la revelación de las atrocidades cometidas.

Estas son las reflexiones que en el primer aniversario de su infausto gobierno he querido hacer llegar a los miembros de esa Junta, sin esperanza de ser escuchado, con la certeza de ser perseguido, pero fiel al compromiso que asumí hace mucho tiempo de dar testimonio en momentos difíciles.

Rodolfo Walsh. - C.I. 2845022
Buenos Aires, 24 de marzo de 1977.

jueves, 3 de diciembre de 2009

Entrevista al escritor Juan Terranova

“Necesito conexión a banda ancha y que funcione bien para poder escribir”

Algo inquieta a Juan Terranova. No deja pasar muchos minutos entre cada una de las veces que da vuelta ese cuadrito de la librería Eterna cadencia -donde presentó Los amigos soviéticos (2009), su novela más reciente- para buscar algún indicio. No saber quién es el escritor ahí retratado no parece dejarlo tranquilo, y la falta de una referencia en forma de plaquita de bronce, como las que llevan los portaretratos de Gabriel García Márquez y Oscar Wilde, no ayuda. Su incertidumbre se transforma en denuncia: “Esto es marketing, tener estas fotitos acá porque es una librería”. Entonces, el escritor, que tiene 33 años, convierte al marketing el política. Los mozos del bar de Eterna cadencia probablemente advertieron extrañados, cuando Juan dejó el local, que la cara de ese escritor en blanco y negro, que quizás ellos tampoco sabían quién era, había sido reemplazada por una foto a color de Martín Sabbatella, dirigente del partido Encuentro por la Democracia y Equidad (EDE), donde Terranova milita.
Sin embargo, su denuncia no es condena. Juan, considerado uno de los escritores de “la joven guardia”, denominador común de un grupo de autores recopilados en un libro homónimo en 2005, entiende al marketing como un elemento instrínseco del ambiente en el que se mueve: “El mundo de la literatura está pegado al mundo del marketing, y no es necesariamente algo malo. Muchos nos acusan (a los escritores de “la joven guardia”) de que no escribimos y vivimos de la promoción, de levantarnos a las secretarias de las editoriales. ¿De qué moral tachamos al marketing? La tachan desde el momento que no la pueden hacer ellos. Yo publiqué once libros y escribí 130 columnas semanales”, resalta.
-¿Por qué no te gusta ser rotulado como un escritor de “la joven guardia”?
- Para empezar, nunca fui guardia y ya empecé a dejar de ser joven. No creo que yo represente a ese colectivo de gente, tengo mi lugar de pertenencia en otro lado, por ejemplo, en La 3era, que es la revista que estoy haciendo ahora y en el partido donde empecé a militar este año.
La política es personaje pero no protagonista en Los amigos soviéticos, que narra la cotidianeidad de un porteño junto a dos amigos rusos, en un constante y espontáneo revisionismo del comunismo soviético, con guiños a la Argentina del 2008, conflicto campo-Gobierno incluído.
-La historia que remite la novela, ¿podría haber ocurrido en otra época?
-No, hubiera sido otra novela. Me interesa que la literatura tenga un lugar de procendencia, que se fije en algún lado. Uno de los grandes capitales simbólicos que tiene el escritor es el presente. Vale la pena contar historias sobre lo que pasa hoy y acá.
-¿Cómo llevás a cabo tu proceso de escritura, con este anclaje en el presente que te gusta que lleve como marca?
-Siempre tengo muchas ideas en la cabeza, que probablemente nunca escriba, y las anoto. Cuando encuentro la solución performativa para esa idea, la forma de escribirla, el libro sale. Hay una pata en mi escritura que tiene que ver con incluir cosas que me van pasando, en forma anecdótica. Pero también está la otra pata que es la web. Trabajo mucho con materiales, tengo archivos de Word organizados. En otra época, cuando escribí mi primera novela, El caníbal (2002), trabaja con recortes de diario.
-Hiciste una transición de papel a la web, ¿hoy podrías escribir sin internet?
-No, necesito conexión a banda ancha y que funcione bien para poder escribir, sino me siento desnudo. Si existe esa famosa cabaña en el bosque, donde los periodistas se retiran a escribir una gran obra, por favor que la mía tenga wi fi.
Juan -que hoy vive “un poco de los libros, un poco de la docencia y un poco del periodismo”, al que define como “el peor oficio del mundo”- es un confeso adicto a internet que define a Facebook como “el nuevo porno”. “Hay una idea de espiar en el Facebook, un placer voyeurista de que tiene que ver con mirar la intimidad del otro”, explica. Además, agrega que permanece horas mirando fotos en esa plataforma y que colecciona imágenes de fiestas de disfraces. “Es un experimento social que me encanta -expresa-, es una de las actividades literarias a la que más tiempo le dedico”. Sin embargo, confiesa que aún no sabe como trasladará este ejercicio a su literatura.
El escritor, que tiene un blog, una cuenta en Twitter y, por supuesto, Facebook, considera a la explosión tecnológica como la tercera revolución industrial.
-¿Qué implicancias tiene esto, tanto a nivel social como literario?
-Está cambiando el tejido social, la forma de relacionarnos. Lo que llama la atención es que los escritores no reaccionen contra esto más rápido, que en lugar de escribir sobre este fenómeno lo sigan haciendo sobre sus yo internos aburridos. Uno de los grandes temas de la literatura, como es la infidelidad, se reconfigura totalmente a partir de la tecnología en comunicaciones. Si Madame Bovary viviera hoy tendría tres celulares, se la pasaría chateando y sería fanática del Blackberry. Se juntarían la pasión de la mina por la lectura con la pasión por engañar al marido.


Un excelente navegador de la web que escribe libros

-Juan Terranova nació en Buenos Aires el 28 de diciembre de 1975.
-Estudió Letras en la Universidad de Buenos Aires.
-Hizo una maestría en Sociología de la cultura en 2002 .
-También en 2002, publicó El caníbal, su primera novela.
-En 2005, se publicó La joven guardia, una antología de autores jóvenes que incluía cuentos suyos.
-Trabajó durante años en la sección de cultura del diario Perfil, de donde lo echaron en 2007.
-Tiene once libros publicados, entre ellos, El pornógrafo (2005), Mi nombre es Rufus (2008) y Lejos de Berlín (2009).
-Entre 2005 y 2008 escribió en el blog ¿Cuál es la pregunta, Terranova?-En la actualidad, tiene un blog llamado El conejo de la suerte.
-Se define en el perfil de su cuenta de Twitter de la siguiente manera: “Nací en Buenos Aires, escribo libros y soy un excelente nadador”.
-De acuerdo a su Facebook, sus intereses son James Joyce, el tango, el nazismo, el comunismo soviético, los rinocerontes, los duraznos y Roberto Arlt.
-Tiene 869 amigos en Facebook.

sábado, 21 de noviembre de 2009

Ensayo sobre ciudad y ficción

Me vi sumergida en una escena de película hollywodense. Sería algo así: La joven sintió un escozor cuando reconoció, en el libro que llevaba en sus manos, los lugares que su rutina le hacía recorrer diariamente. Aun más extrañada se sintió cuando el personaje del relato alcanzó el tren que va de Retiro a Tigre, el mismo en el que iba ella en ese momento. La concentración a la que la tenía sumida la lectura del cuento, sin embargo, no le permitió detenerse demasiado en la coincidencia. Pero el sobresalto fue inevitable cuando, tras leer las tres últimas líneas, que contenían el trágico final del protagonista muerto debajo del tren en la estación Olivos, la joven levantó la cabeza y vio, como una risa del destino, las palabras, la estación que acababa de pasar: Olivos.
Podríamos elevar la discusión y decir que me vi sumergida en un cuento de Cortázar, como “La continuidad de los parques”, en el cual un hombre es alcanzado por la acción de la novela que está leyendo. Efectivamente, lo que narro en el párrafo anterior me sucedió mientras leía “La segunda vez”, de Edgardo Cozarinsky. En mi caso, sería algo así como la continuidad de los trenes. Sin embargo, mi falsa modestia no me permite concebirme como un personaje cortaziano. Aunque sí me voy a permitir usar al autor de Rayuela para buscarle una explicación al hecho o, en realidad, para dejar de buscarla. En su texto “El sentimiento de lo fantástico1”, Cortázar propone pensar a lo fantástico, “esas llamadas coincidencias en que de golpe nuestra inteligencia y nuestra sensibilidad tienen la impresión de que las leyes, a que obedecemos habitualmente, no se cumplen o se están cumpliendo sólo de manera parcial, o están dando su lugar a la excepción”, esos “paréntesis de la realidad”, como algo que está presente en nosotros mismos, que “no se da solamente en la literatura, sino que se proyecta de una manera perfectamente natural” en nuestra vida propia.
Entonces, me pregunto, ¿cuál es la relación entre lo ficcional, lo metafórico, y lo real, lo figurativo? ¿Son la misma cosa, como, a lo mejor, sugiere Cortázar? ¿Dónde está el límite entre ambos? Si yo leo que el tren está pasando por la estación Olivos, ¿el tren efectivamente está pasando por la estación Olivos?
De acuerdo a Paul Ricoeur, existen tres mímesis en el proceso que va desde la vida en acción al acto de lectura, entre el antes del texto y después del texto. Las dos primeras no nos ocupan para estos interrogantes, comprenden el momento previo a la escritura, cuando el sujeto reconoce en la realidad aquellos elementos y establece significaciones simbólicas que luego volcará en el texto, y el proceso de escritura propiamente dicho, cuando el autor configura la trama y establece una refiguración metafórica del campo de acción. La tercera, por su parte, consiste en el momento del acto de lectura, cuando el lector toma la experiencia remitida por el escritor y la refigura según su propia experiencia, la hace confluir con su propia existencia. Temiendo haber caído en tecnicismos y en aproximaciones teóricas para las que mejor resultaría leer al propio Ricoeur, me explico: el tren pasando por la misma estación en la realidad que estaba pasando en el papel y en la realidad que estaba pasando en mi vida no es otra cosa que la confluencia entre dos experiencias, la mía y la de Cozarinsky -buen día Cozarinsky, un gusto conocerlo y cruzarlo por acá, en este tercer mundo que creamos entre sus mímesis 1 y 2 y mi mímesis 3, curiosa confluencia la de nuestras respectivas reconfiguraciones de la realidad, ¿no le parece?-.
La casualidad me explicó de la mejor manera a qué se refiere Ricoeur cuando habla de un tercer tiempo posible en la ficción. El tiempo real es desordenado y muchas cosas ocurren en simultáneo, sin embargo existe una relación de anterioridad y posterioridad que no puede revertirse. El tiempo de la narración debe ser lineal, simplemente porque unas palabras no pueden superponerse a otras y aún así ser inteligibles. La ficción da lugar a un sistema de tiempo con reglas propias, donde el narrador y los personajes pueden ir y venir y, a la vez, se encuentran con el lector. El tren de la ficción pasa por la estación en el instante justo en el que el lector lee que el tren pasa por la estación. Que ese momento coincida con el tren del lector, el tren real, no es más que una invitación, o una cachetada, del universo para comprender lo metafórico de nuestra existencia, lo fantástico de la realidad, a lo Cortázar.
Voy a usar por tercera vez la palabra “confluencia”, es que me gusta pensar a lo metafórico y lo figurativo en un mismo plano. Es así como viendo una foto de Rafael Calviño, en la que un indigente duerme junto a una publicidad gráfica, en la cual dos personas le dan la espalda -y acá ya introduje la confluencia, porque establecí una relación entre eso simbólico (la publicidad) y eso real (la persona que duerme)- yo puedo pensar que lo que estoy viendo existe, y no por ser una fotografía es no real.

Capaz que verdaderamente hay un hombre que duerme usando un cartón de frazada y al lado, justo al lado, dos personas que les dan la espalda y miran una pared. Porque está bien que es una publicidad, y está bien que es una publicidad adentro de una foto, ¿pero no está ya la publicidad, la imagen, inserta en nosotros? ¿No estamos ya formateados? ¿Podemos distinguir, vale la pena distinguir, a esta áltura, la mentira de la verdad? La verdad: un mecanismo extraño para mí reprodujo lo que se vio por la lente de una cámara en un pedazo de papel, papel virtual o real. La mentira: un hombre duerme tapado con cartón al lado de dos personas en un museo de arte banalizado que le dan la espalda. Y ya no sé cual es cual.
Y justamente porque me gusta ese momento en que, congnositivamente, como en lo que acabo de plantear respecto a la foto de Calviño, y de manera más tangible en la anécdota del tren y Cozarinsky, la metáfora coincide con lo real, es que me gusta la ciudad. Porque es, justamente, es el escenario perfecto para la creación de la metáfora, para la resignificación de esa gran bola de realidades que nos arroja permanentemente Buenos Aires, como otras ciudades, en su constante movimiento y sobreabundancia de elementos y lecturas que marean al ojo curioso, al ojo desautomatizado. Acepto esto último como máxima pero no termino de entender por qué. ¿Qué es lo que lleva a la ficción a ocuparse tanto de la ciudad? ¿O qué es lo que lleva a la ciudad a estar tan ocupada por la ficción?
Quizás la anécdota que remito en el primer párrafo sea el ejemplo de cómo y por qué la ciudad da trama a la ficción. Tal vez sea esa sobreabundancia de elementos, de contrastes, la que incita a la literatura a acercarse a la ciudad, o quizás no sea una elección voluntaria, sino que ambas quedaron entrelazadas en una maraña de significados. Porque, justamente, eso tienen en común, son una gran telaraña. ¿Tejida por quién? ¿Será el capitalismo desenfrenado, que encuentra su más (im)perfecta expresión en la ciudad, la araña que teje y da por resultado esa red de la que lo más humano de los humanos quiere escapar y por eso recurre a esa realidad/no realidad que es la ficción para hacerlo?
Por otro lado, la literatura no puede tocar a la ciudad sin marcarla, sin llenarla de su materialidad intangible. En este punto, voy a caer en la irreverencia de citar una obra que no leí. Afortunadamente, Carlos Gamerro, a través de su ensayo “Pérdidos en la ciudad2” disimula un poco mi ignorancia y me permite hablar del Ulises de James Joyce. De acuerdo a Gamerro, la Dublín que construyó Joyce, y por cómo lo hizo, en su novela se mantiene exacta en el tiempo. “Como Dublín ha cambiado poco en cien años, el viajero puede tomarse el trabajo, Ulises en mano, de comprobar por sí mismo la exactitud de sus construcciones urbanas, y donde ya no esté el edificio original probablemente encontrará una plaqueta de bronce con la figura de Leopold Bloom y la cita del Ulises correspondiente: es decir, Joyce no sólo ha puesto a Dublin en un libro, sino que ha logrado que Dublín se convierta en uno: al recorrer las calles de la ciudad la vamos leyendo en las palabras que el autor eligió para ella”, explica el escritor. Y si desconfío de que la fotografía de Calviño sea la verdad y un hombre durmiendo junto a dos personas que le dan la espalda la mentira, ¿por qué no puedo suponer que la Dublín tangible es menos real que esa formación paralela que creó Joyce, y hoy se mantiene a fuerza de placas de bronce, como esos juegos en los que uniendo puntos se forma un dibujo?
Ciudad y ficción se hayan en una relación de reciprocidad. Una le da su elemento a la otra y viceversa. La ciudad le da trama a la ficción y la segunda entrama a la primera, de la misma manera en que lo real le da su sustancia a la metáfora para que esta juege irrespetuosa con ella y la metáfora resignifica a la realidad para que no paresca tan absurda, para unir significados y tranquilizarnos un poco, sentir que estamos presos en algo más profundo que el azar, que ese maraña, esa tela de araña, es una red donde caer, que es más suave que el piso, que el golpe duele menos y que la red está, que no es un abismo.

jueves, 22 de octubre de 2009

Al límite

Foto de Rafael Calviño

La cosa es así. Me piden un divague académico pero le voy a sacar lo de académico. Porque la semana pasada escribí algo así como “en este punto alcanzan un mismo plano de significación la imagen dentro de la imagen, el museo de arte banalizado, y lo figurativo”, y ni yo, y sobre todo yo, entendía lo que decía mientras lo leía en voz alta y ponía cara de “¿yo escribí esto?” (¿será esa una especie de extrañamiento?). En fin, lo que quería decir es que todo este año me vienen hablando, acá (acá no, esta es mi casa, pero cuando lo lea el acá va a ser un aula), de desestructuración. De pensar lo cotidiano, lo naturalizado, como histórico, contrucción y social. Y que Marcuse, y que el aceptar lo fantástico como parte de lo real, y que los colectivos son elefantes que se persiguen, y hasta escribí que alguien iba a comer a besos a alguien y eso era antropofagia. Chau metáfora aprehendida con hache. Entonces, a lo que iba, es en que ya no creo que lo real sea la foto en sí y lo ficcional lo que representa, lo que refiere, lo que denota. Capaz que verdaderamente hay un hombre durmiendo usando un cartón de frazada y al lado, justo al lado, dos personas que les dan la espalda y miran una pared. Porque está bien que es una publicidad, y está bien que es una publicidad adentro de una foto, ¿pero no está ya la publicidad, la imagen, inserta en nosotros? ¿No estamos ya formateados? ¿Podemos distinguir, vale la pena distinguir, a esta áltura, la mentira de la verdad? La verdad: un mecanismo extraño para mí reprodujo lo que se vio por la lente de una cámara en un pedazo de papel, papel virtual o real. La mentira: un hombre duerme tapado con cartón al lado de dos personas en un museo de arte banalizado que le dan la espalda. Y ya no sé cual es cual. Y hoy elijo plantarme y decir que no creo más en las metáforas. Como si fuera algo en lo que se elije creer o no. Si no era así, hoy lo inauguro yo. Soy más escéptica que nunca. Lo que está ahí reflejado es. ¿Porque acaso no es eso el arte? ¿La capacidad de mostrar una realidad que existe? Porque no importa si esas tres personas de las fotos no estaban efectivamente ahí, no importa nisiquiera si estaban armadas con photoshop, o si eran un dibujo. En algún lado existen, en alguno y muchos lados, en todos. Y yo soy esas personas, a veces las de la publicidad y a veces el hombre que duerme. Porque a veces me dieron la espalda y muchas veces la dí. Y que yo llegue a esa conclusión gracias a mirar algo que no existe (o sí, me contradigo y me vuelvo a contradecir y está bien) se llama arte. Y nuevamente caigo en escribir algo que cuando lea en voz alta ni yo ni nadie va a entender, pero en este momento, lo juro, tiene tanto sentido. Y es tan sentido. Catártico.

domingo, 18 de octubre de 2009

El segundo sexo - Simone de Beauvoir


"La mujer tiene ovarios y útero, y estas condiciones singulares la encierran en su subjetividad. De ella se dice gustosamente que piensa con las glándulas. El hombre olvida, en su soberbia, que su anatomía también supone hormonas, testículos. Toma su cuerpo como una relación directa y normal con el mundo, al cual cree aprehender con su objetividad, mientras que considera que el cuerpo de la mujer se encuentra como entorpecido por cuanto lo especifica: un obstáculo, una prisión."

miércoles, 7 de octubre de 2009

Primavera que no llega

Detrás de la habilidad de Immanuel Wallerstein para escribir, y su ingenio a la hora de argumentar, se enmascara un fatalismo tan radical que incluso llega al punto de dar por sentadas las fechas exactas en que sus predicciones ocurrirían. Sin embargo, suponer que la retirada de las tropas estadounidenses de Irak, hecho que efectivamente va a ocurrir en 2010 en detrimento de la confianza de la sociedad norteamericana en su poderío bélico, va a generar una “tormenta de fuego” es suponer que la presencia de Estados Unidos en Medio Oriente genera un clima de orden interno. Nada más lejos de la realidad.
Si bien Wallerstein no se equivoca cuando afirma que, tras la retirada estadounidense “probablemente los afganos vuelvan a la situación de las continuadas e insidiosas reyertas interétnicas de los señores de la guerra”, la situación actual del conflicto consta de tres actores: el gobierno estadounidense, los estados de los paises orientales involucrados y los talibán, todos ellos en permanente y violento enfrentamiento. La tormenta ya existe, Estados Unidos no fue ni será una garantía para la sequía armamentista y bélica.
El talibán sorprendió al mundo y demostró una fuerza mayor a la predicha. “Los talibán han resultado ser mucho más tenaces y militarmente efectivos de lo que nadie hubiera anticipado”, explica Wallerstein, y agrega que Estados Unidos es iluso al pretender erradicar al movimiento en tan solo diez años. Después de la vuelta a casa de las tropas norteamericanas, el objetivo del talibán será potenciar y hacer efectiva su ambición de imponer su ortodoxia islámica en la región y dejar en claro su destreza en asuntos militares. ¿Cuál es su objetivo ahora? Exactamente el mismo. ¿Cómo lucha para lograrlo? Con armas y manteniéndose firme en zonas estratégicas y pobladas de violencia como Afganistán y Pakistán.
Wallerstein predice el estallido de una tormenta torrencial, pero las precipitaciones ya existen y no son aisladas. ¿Hay que esperar a que Estados Unidos retire su ocupación el 31 de diciembre de 2010 para los truenos y relámpagos? El sociólogo pasa por alto que el temporal estrenduoso, con aroma a pólvora, empezó el día en que el mundo se dividió en dos maneras de pensarse a sí mismo tan extremas y distintas. Desde entonces, no hay primavera.

Efemérides 11/9

Este mes se cumplen ocho años del día en que un avión derribó dos torres muy altas, e idénticas, en Nueva York. Detrás del humo aparecieron muchas cosas, entre ellas, una conmosión mundial que da a entender que la historia empezó el 11 de septiembre y se desentiende de los miles de muertes que Estados Unidos ya había provocado en Medio Oriente, teorías conspirativas acerca de la responsabilidad que el propio gobierno estadounidense podría haber tenido en el hecho y, de la mano de George W. Bush, una guerra.
De acuerdo al gobierno del ex presidente, derrocar al entonces dictador iraquí Saddam Hussein significaba la prevensión de otro atentado a Estados Unidos -a pesar de que la responsabilidad de la caída de las torres gemelas se la adjudica a la organización terrorista Al Qaeda, en manos de Osama Bin Laden- y la liberación del pueblo oprimido de Irak. Al menos, estas son las razones que esgrimió publicamente, sin hacer mensión al hecho de que el país que invadió en 2003 se encuentra en tercer lugar en la lista de países con las reservas de petróleo confirmadas más grandes del mundo. La teoría de la guerra preventiva de Bush fue sostenida, entre otras cosas, con la supuesta tenencia de armas de destrucción masiva por parte de Irak, hecho que, una vez desmentido, le generó al ex mandatario una gran perdida de credibilidad y popularidad tanto a nivel internacional como dentro de los márgenes de su propio país.
Este, junto a otros desatinos políticos, le significaron al conservador y liberal, en términos políticos y económicos, Partido Republicano, la derrota electoral que dejó a la Casa Blanca en manos de los demócratas, encabezados por Barack Obama. Su campaña tuvo entre sus principales argumentos a la promesa de retirar a las tropas de Irak, al contrario de su opositor republicano John Mc Cain, que uso al conocimiento bélico que esgrimió tener, y que reforzaría la seguridad estadounidense, como eje de su estrategia electoral. Sin embargo, una lectura que ubique en Obama un antibelicista se vería desmentida por los hechos: si bien está haciendo efectiva la retirada de tropas en Irak -142 mil hombres habrán dejado el país el 31 de agosto de 2010, según anunció el mandatario en febrero de este año-, los soldados norteamericanos tienen ahora un nuevo destino: Afganistán. De acuerdo a Omar Bravo, periodista que se desempeñó en la United Press International, entre otros, y actualmente enseña política internacional, “el presidente estadounidense se ha comprometido muy fuerte con el cronograma de retiro de tropas de Irak y la posibilidad de no cumplir sería cuasi suicida en términos políticos”.
El presidente anunció en marzo de este año el envío de 4000 soldados al que definió como “el lugar con más riesgo del mundo” para los estadounidenses. El principal objetivo de esta estrategia, al menos en la superficie, es combatir a los talibán, un movimiento de fanáticos religiosos con instrucción militar que defienden a ultranza, y con armas, la tradición y cultura islámica. “Afganistán presenta todos los síntomas de lo que Estados Unidos llama un Estado no viable. Es decir, un gobierno aliado débil, con altísimo nivel de corrupción, con amplias regiones donde no llegan los poderes del Estado, lugares donde la ley la imponen grupos armados, tribus y etnias, un campo fértil para todo tipo de mafias y traficantes”, explicó Bravo.
El curso de acción seguido, en materia de guerra, por el nuevo presidente estadounidense no difiere sustancialmente del de Bush, quien había anunciado, cuando todavía era gobierno, la paulatina retirada de Irak e inminente invasión a Afganistán. Al respecto, Max Boot, historiador y autor especializado en Seguridad Nacional de Estados Unidos, dijo -según remiten los historiadores Pablo Pozzi y Fabio Nigra en su libro La decadencia de Estados Unidos-: “Nada en Obama representa un cambio drástico, al contrario, continuará el camino diseñado por Bush”.

martes, 6 de octubre de 2009

Ley de medios y cine

Un nuevo espectro para la industria cinematográfica argentina

El proyecto de Ley de Servicios de Comunicación Audiovisuales estipula que, de aprobarse, los canales de televisión deberán invertir parte de su facturación en la compra de largometrajes independientes.

Las mismas palabras se repiten y redundan en un debate de medios mediatizado. Si libertad de expresión o mordaza, si K o no K, si monopolios o pueblo, si con telefónicas o sin, si autoridad de aplicación autónoma o cinco kirchneristas decidiendo. Y detrás de los números, del resistido artículo 161 -del año pautado para que las empresas acaten a la nueva norma-, de la cantidad de licencias, de la ley de la dictadura con reforma menemista en 1994; la banda sonora de nuestras vidas de ciudadanos del siglo XXI: un televisor de fondo, siempre prendido.
Más allá de los puntos discutidos por el arco opositor al proyecto emitido por el Poder Ejecutivo de Ley de Servicios de Comunicación Audiovisuales, que reBalsa a la fauna política e incluye también a algunos sectores del espectro mediático -ejemplificar en este punto con el grupo Clarín ya es una obviedad-, el artículo 67 establece un punto de inflexión para la industria cinematográfica nacional e involucra a las televisoras en el solvento del cine.
Según estipula el artículo, de aprobarse el proyecto de ley, que cuenta con media sanción en la Cámara de Diputados y un inminente tratamiento en el Senado, las televisoras abiertas y por subscripción, es decir, por cable, deberán comprar ocho películas nacionales por año antes de que inicie su rodaje. Por otro lado, la iniciativa ofrece a aquellos canales que, debido a su reducido alcance -menos del 20 por ciento de la cobertura total del país-, no cuenten con el dinero suficiente para adquirir ocho películas por año la alternativa de destinar el 0,5 % de su facturación total a la compra de películas nacionales en pre-producción, sin importar para cuántas le alcance.
De acuerdo a Pablo Rovito, productor argentino y miembro fundador de la Academia de las Ciencias y las Artes Cinematografías de la Argentina y la Asociación de Productores Independientes de Medios Audiovisuales (APIMA), lo que el proyecto de ley establece no es una cuota de pantalla, ya que ocho películas es un número muy chico para ser considerado así. “Cuando se habla de que te van a obligar a ver cosas que no querés ver es una estupidez. En este caso no se fija una cuota específica. Pensar que en 365 días de 12 horas de programación diaria un canal va a dar ocho tardes una película no es una imposición muy fuerte”, explica. Según él, a lo que se apunta es a una cuota de facturación y éste es justamente el cambio más importante que introduciría la ley: “Va a haber en el mercado una cantidad de dinero y de inversión que antes no estaba, más allá de que es una suerte de subsidio indirecto, porque no es que surge del mercado sino que el Estado regula y obliga a hacerlo. Pero una vez hecho esto, lo que queda es una relación de mercado entre el productor y los canales”.
Tal como están las cosas, no es factible que se produzca cine, tanto en Argentina como en la mayoría de los paises, con excepción de Estados Unidos, India y China, sin un sistema de fomento estatal. Rovito -que en 2006 abrió Arte Cinema Sur, un espacio que presta sus salas para la emisión de películas de autor- detalla que las causas de esto se encuentran en que al público indú no le interesa ver productos extranjeros, por lo que hay un gran mercado interno, en China hay una sola empresa que produce cine que es el Estado, por lo tanto acapara al total del público, y Estados Unidos cuenta con un gran mercado exterior. Además, y en detrimiento de las demás industrias locales, su forma de comercialización, conocida como dumping, consiste en solventar a las películas que no ganan lo suficiente como para recuperar su inversión vendiendo paquetes de films y así compensar la pérdida con aquellas películas que recaudan mucho más de lo que salió producirlas. El precio al que se deberián vender esos largometrajes teniendo en cuenta su costo de producción llega a las pantallas de televisión argentinas amortizado. Entonces, ejemplifica Rovito, una película cuya realización implicó 100 millones de dólares se vende a los canales locales a 10 mil dólares, y genera una competencia imposible de asumir para las producciones nacionales.
Otro problema que enfrenta la industria cinematográfica argentina y al que apunta a solucionar el artículo 67 del proyecto de ley, explica Rovito, quien participó en las deliberaciones sobre las leyes de Cine de Argentina, México, Colombia y Uruguay, es que a los canales no les interesa emitir productos que no hayan sido creados y distribuidos por ellos mismos. El apartado indica que las películas adquiridas por los canales deberán haber sido realizadas por productoras “mayoritariamente independientes”. Para el cineasta, el término apunta a aquellas realizadoras que no dependen de televisoras y distribuidoras. Sin embargo, Diego Galíndez, secretario del Sindicato de la Industria Cinematográfica Argentina (SICA), no coincide con Rovito en este punto. Desde su visión, el término se refiere a aquellas producciones que no cuenten con el subsidio del Instituto Nacional de Cine y Artes Audiovisuales (INCAA), que, según explica, son muy pocas, por lo que no alcanzarían para completar la cuota de pantalla que impondría la nueva legislación.
La ley de Cine argentina (n° 24.377), estipula que de la totalidad de lo recaudado por el Comité Federal de Radiodifusión (COMFER), el 40 por ciento se destina al INCAA, que funciona como un administrador de ese dinero. El Instituto analiza si los guiones que le presentan las productoras cuentan con un presupuesto real, no dibujado, y factible y si son de interés público. De ser así, le otorga a la película un subsidio, que representa alrededor del 50 % del costo de producción.
El proyecto de Ley de Medios prevee bajar el 40 % destinado al INCAA al 25 %, con el argumento de que el COMFER va a recaudar más y, por lo tanto, el monto de dinero no va a variar. “En términos técnicos podría ser o no cierto, todavía no se han hecho las cuentas ni se a cobrado efectivamente. Pero aunque así fuera, no es lógico. En realidad, si se amplia la forma de cobrar es porque se ha ampliado la forma de ver cine. Lamentablemente esa discusión la perdimos. Sí logramos incorporar una cláusula tipo gatillo donde el 25% no pueda ser menos de lo que cobrabamos ahora, de manera tal de que por lo menos no baje la recaudación inmediata”, detalla Rovito.
Tanto él como Galíndez coinciden en que el actual aporte del Estado al cine es acorde a lo que se produce. Sin embargo, el director Bernardo Czemerinsky, conocido como Bebe Kamín -Los chicos de la guerra (1984)-, opina que el cine está en deuda con la sociedad argentina: “No veo que el cine nacional haya producido en los últimos años un monto de películas que justifiquen, económica y culturalmente, la confianza que le da la sociedad al ofrecerle su capital. No creo que el Estado tenga que ser la vaca lechera de todas las actividades de riesgo”, manifiesta.
En cuanto a los efectos culturales que pueda tener la aplicación de una cuota de pantalla, Rovito dice que, si bien no cree en la educación del público, porque contiene un sentido de superioridad de los que deciden que se debe ver por sobre los que lo consumen, sí considera que es necesario dar opciones: “La elección tiene que ver con el acceso, no solamente con que exista. Se trata de que el público tenga permanentemente la información para poder elegir qué va a ver y qué no. El cine estadounidense nos ha acostumbrado a un modelo de contar, a una forma de relacionar al producto con el espectador durante muchos años de bombardear con ese material. En ese sentido creo que hay que hacer un trabajo de recuperación del público para que pueda ver otro tipo de películas”, explica.
Galíndez, por su parte, no focaliza las implicancias en la cultura por el lado del público sino por el de los creadores: “La realidad es que actualmente hay unas pocas personas que dicen 'yo paso lo que se me da la gana y a quien puedo pisar con esto no me interesa. No me importa el pibe que se mató 3 años con un guión', que tiene todo el derecho del mundo a realizarlo y que la gente lo vea y opine si le gusta o no. Por el solo hecho de que quiere decir algo tiene derecho a estar en televisión. Esto no es una ley K, como dicen muchos, la pide en Catamarca un pibe que no sé si lo votó, la pide un pibe que vive en Usuhaia y lo único que quiere hacer es cine y no le importa otra cosa”, ejemplifica.

jueves, 1 de octubre de 2009

La inseguridad - crónica escrita en un viaje en tren a San Isidro



San Isidro es distinto

Más de una persona le había hecho el gesto de la nariz para arriba cuando contó que vivía en San Isidro. Y capaz tenían razón. O tal vez no. El partido incluye a la Cava, una de las villas más grandes del país, aunque tanto los sanisidrenses como los de afuera no acostumbren a mirar mucho más lejos de las calles Alvear, Belgrano y la hermosa avenida del Libertador. Pero, como dice el eslogan de la Municipalidad, que adorna numerosos carteles en la vía pública, San Isidro es distinto. Es la tierra de la convivencia. Una fortaleza de dos pisos emerge de un césped de película estadounidense y a ella entra una camioneta que parece tanque y se esconde con el ruido seco del portón metálico que se cierra como una cachetada. A unas pocas cuadras hay una pared inmensa custodiada por gendarmes que separa, como si la división no fuera ya obvia, como si se necesitara que digan “Ey, acá hay un ustedes y un nosotros”, a la villa del precioso, patricio, aristrocrático barrio de Santa Rita, o la Horqueta, no sé, son iguales. Error. San Isidro no es convivencia, es indiferencia. Es la tierra de las caras que miran para otro lado, para el más lindo.

Desde ya, muchas gracias
Ella iba a un colegio que quedaba en esa zona cerca de la estación San Isidro, donde hay una densidad de cinco colegios privados cada trescientos metros cuadrados. Sobreabundancia de elitismo que se complementa con la presencia del Club Atlético San Isidro, “cuna de los gerentes de empresas del mañana”, debería ser el eslogan. Allí no había convivencia, pero sí indiferencia, porque no hace falta que te pongan las cosas en la cara para saber que existen, ¿no? Sin embargo, hay un lugar de confluencia en la rutina de la mayoría de los habitantes de la zona: el tren. El que va de Retiro a Tigre, al que todos se refieren diciendo “Ah, pero es tranquilo, ahí no pasa nada”, el tren de la gente “bien”. El tren bien. Claro, eso no quita que una nena me entregue una tarjeta que dice “Señores pasajeros, disculpe la molestia, me puede ayudar con algunas moneditas, desde ya, muchas gracias” en el momento justo en que escribo “el tren bien”. Si supiera que estoy escribiendo sobre ella cuando me dice “que linda letra”...

Ay de nosotros
Cinco adolescentes vestidos igual, verdes de pies a cabeza, entran al vagón. Adentro, la confluencia. Seguramente a los y las oficinistas que vuelven del trabajo les moleste su presencia de risas fuertes y comentarios idiotas. Seguramente a las tres chicas sin uniforme algo en su presencia les moleste aún más.
“Chicos, me tiraron el pelo.” Ella se da vuelta y ve a las tres chicas, de esas que no entran en el “nosotros” sino en el “ellos”. Cada una mira a un lugar diferente del tren, parece una foto. “Chicos, me empujaron.” Otra foto. “Chicos, me pegaron una patada.” Tercer flash. Estáticas. No le quieren robar, no es más que el divertimento pasajero de tres pasajeras. Si esto llegara a conocimiento de TN sería algo así como: “Episodio de violencia extrema: joven estudiante atacada sin razón alguna por tres malvivientes mientras viajaba en tren”, y algunas vecinas sanisidrenses aparecerían diciendo que antes se podía viajar lo más bien, que ya no se puede vivir tranquilos, que ay de nosotros.

La nena sufrida
Minutos más tarde ella atraviesa las cinco cuadras de la estación a su casa, saluda a dos de los tres garitas que cruza, entra y se saca los zapatos de uniforme verde de colegio. Después se acuesta en el sillón naranja, el que inevitablemente induce a la siesta, y su mamá que le pregunta si quiere un té para sobrepasar el momento de vandalismo traumático que acaba de vivir. Sí, dice con voz de nena sufrida y prende la tele mientras espera el té. TN. Mientras que asesinatos, inseguridad, Fondo Monetario, el flagelo de la droga, la juventud perdida, los beneficios de comer bien y el gol de Palermo pasan por sus ojos piensa en la prueba de inglés que tiene al día siguiente (¡falta poco para rendir ese examen de universidad inglesa que, según le dicen, es una garantía para algún día conseguir trabajo!), su mente sigue divagando y aterriza en la remera nueva que va a estrenar el viernes a la noche. Y TN sabe todo esto.
A partir de este punto no puedo mentir. No sé cuántas cuadras caminó cada una de las tres chicas del tren para llegar a sus casas, ni si se tuvieron que tomar después un colectivo o qué. Tampoco sé si saludaron a dos garitas, pero puedo suponer que no. A lo mejor se cruzaron a algún policía, pero seguro no las saludó. No sé si cuando llegaron a su casa había un sillón naranja cómodo donde acostarse y si alguien les ofreció un té para sobrepasar la vida traumática que acababan de vivir. Pero puedo suponer que no. No sé si pensaron en la prueba de inglés del día siguiente, si iban a estrenar una remera ese viernes, si era importante estrenar una remera ese viernes, y si un examen les iba a garantizar trabajo. Pero puedo suponer que no. No sé si algo o alguien alguna vez les va a garantizar trabajo, pero puedo suponer que no. Ni TN ni yo sabemos todo esto. Y nos llenamos la boca hablando de la inseguridad. Qué palabra tan amplia, ¿no?

jueves, 17 de septiembre de 2009

Espantapájaros - Apunte callejero - por Oliverio Girondo


En la terraza de un café hay una familia gris. Pasan unos senos bizcos buscando una sonrisa sobre las mesas. El ruido de los automóviles destiñe las hojas de los árboles. En un quino piso, alguien se crucifica al abrir de par en par una ventana.Pienso en donde guardaré los quioscos, los faroles, los transeúntes, que se me entran por las pupilas. Me siento tan llenos que tengo miedo de estallar... Necesitaría dejar algún lastre sobre la vereda...
Al llegar a una esquina, mi sombra se separa de mí, y de pronto, se arroja entre las ruedas de un tranvía.

lunes, 14 de septiembre de 2009



El resurgimiento del tango
La canción de Buenos Aires, aún hoy


El Festival realizado en agosto demostró la vigencia del género, hecho que coincide con los buenos pronósticos que hacen los especialistas del 2 x 4.


Agosto fue tango. Al menos eso decían los carteles amarillos con la gran H en negro. Los números lo convierten en hecho: más de 300 mil personas se hicieron presentes en el Festival de Tango y Mundial de Baile, organizado por el gobierno porteño, que se realizó entre el 14 y el 31 del mes pasado en Buenos Aires, ¿dónde más?
¿Dónde más? La pregunta no se cae de madura. Argentina, el país que fue cuna del tango en los primeros años del siglo XX también supo dejarlo resagado y prestarlo a otras culturas en épocas pasadas, concretamente y con más fuerza, a partir de la década del setenta. Hoy, sin embargo, la suerte es otra para el 2 x 4. Los expertos en el tema aseguran que se está experimentando un resurgimiento del género, aunque, advierten, las razones pueden no ser del todo nobles.
Más de una versión existe en torno al surgimiento del folklore de Buenos Aires, como lo define la coréografa Ana María Stekelman (ver entrevista). La más pintoresca fue aportada por la cantante Marikena Monti, según quien el modo de bailar el tango imita a los movimientos generados en las peleas a cuchillo en las esquinas.
La postura más aceptada, no obstante, ubica en los conventillos y en los burdeles, donde coincidían inmigrantes -fruto de las grandes corrientes corrientes migratorias que sacudieron a la sociedad argentina a principios del siglo XX-, negros y las clases bajas porteñas, la creación del tango. Los sectores medios y altos de la población quedaban fuera de esta ecuación. Pero como no es su costumbre quedar fuera, empezaron a escucharlo y, sobretodo, bailarlo, a escondidas. El tango era un secreto a voces, oscuro y lumpen, a causa de la mística que rodeaba a la noche tanguera y su origen prostibulario. “Es un género muy seductor, es una cuestión sexual: las caras pegadas, el pecho de la mujer contra el hombre, el sudor; todos los componentes del sexo, aunque este no aparesca de forma explícita, están presentes en el tango”, explica Walter Piazza, historiador del tango y secretario de la Academia Nacional del Tango, acerca del carácter que provocaba tanto rechazo como atracción en la sociedad media porteña.
La Iglesia Católica no podía quedar fuera del debate, en especial cuando el género empezó a llegar a otros países. Drástico, el Congreso Bíblico reunido en Atlanta, Estados Unidos, expresó el 2 de agosto de 1914 por boca del pastor Campbell Morgan: “El tango es una regresión hacia el mono y una confirmación de la teoría de Darwin”. En la misma línea se explayó el arzobispo de París en el mismo año: “Condenamos la danza de origen extranjera conocida como tango pues su naturaleza lasciva ofende la moral”.
Si esto es así, muchas deben haber sido las morales francesas ofendidas de ese año en adelante, pues la ciudad de la luz, mal le pese a los nacionalistas, es una pieza clave en la historia del tango. De acuerdo a Juan Manuel Fernández, miembro de la Asociación de Maestros y Bailarines de Tango Argentina y veedor del Campeonato Mundial, fue la aceptación del género en París la excusa de la que se valieron las clases medias y altas porteñas para dejar de ocultar su fascinación por el tango en la década del veinte. “En Buenos Aires siempre mirábamos a Europa, como consecuencia de ser descendientes de europeos. Eso hacía que nuestras costumbres sociales nos llevaran por un camino sin identidad, cosa que ahora está empezando a revisarse y, justamente, el tango es uno de los elementos fundamentales para encontrar identidad”, opina Fernández.
Años dorados siguieron en esta cronología de la historia del tango, que dieron como fruto nombres ilustres tales como Carlos Gardel, Anibal Troillo y Ástor Piazzola -caracterizado por Piazza como “el gran genio musical del siglo XX”. A pesar de esto, si bien sus rostros adornan una gran cantidad de postales para turistas y sirven de emblema de la argentinidad en el exterior del país, rostros foráneos empezaron a llenar las pantallas del cine y voces extranjeras a copar las radios, en claro detrimento de la cultura nacional, en la década del cincuenta.
Para el historiador, la explicación a este fenómeno se encuentra nada menos que en la Guerra Fría. Piazza explica que como consecuencia de un mundo dividido en dos -el comunismo de la Unión Soviética y sus radares, por un lado, y el capitalismo de Occidente, por el otro- Estados Unidos decidió imponer su idiosincracia y, de esta forma, “invadir al mundo”. “Del muro [de Berlín] para acá nos invadieron culturalmente. En Argentina las radios y las discofráficas eran de ellos, además impusieron su industria cinematográfica por sobre la nuestra. Era algo muy seductor porque decían letras que todo el mundo quería escuchar, hablaban de la libertad. La paradoja es que en América Latina estaba regida por gobiernos militares”, agrega. En estas circunstancias el tango cedió su lugar, su público joven, sobretodo, a un nuevo gigante: el rock.
Según Fernández, este proceso se acentuó durante la última dictadura militar, cuando el gobierno fáctico prohibió los encuentros culturales, donde aún se bailaba y escuchaba tango.
La actualidad, reflejada en gran medida por el Festival de Tango, aporta un argumento a aquellos que sostienen que la historia se repite. Tanto Stekelman como Monti, Fernández y Piazza coinciden en que por estos días se está experimentando un resurgimiento del tango, impulsado por la popularidad que alcanzó en el extranjero, al igual que en la década del veinte. Piazza es optimista al respecto: “El tango está lejos de su envejecimiento, por el contrario, está en una adolescencia muy linda”.
El optimismo se justifica en los datos que arrojó el cierre del Festival -que se desplegó en diez sedes, entre las que se destaca Harrods, y constó de clases de baile, presentaciones musicales, fiestas de electrotango y homenajes a figuras destacadas-: sólo el veinte por ciento de los que asistieron lo hizo en condición de turista. Esto quiere decir que de cinco espectadores, cuatro eran argentinos. Haciendo mensión a la concurrencia, Fernández detalla: “Hubo más gente joven, además de los viejos de siempre, y menos extranjeros. Hay una línea ascendente en cuanto a público y artistas y esto se refleja en la mayor cantidad de escuelas, lugares y actividades de baile”.
De acuerdo al historiador, que trabaja en permanente compañía de Horacio Ferrer -letrista de tango que compuso junto a Piazzolla, Troillo, Osvaldo Pugliese y Julio de Caro, entre otros, y preside la Academia Nacional de Tango-, “hay una genética tanguera en la ciudad de Buenos Aires que lo mantiene vigente. Las generaciones actuales conocen el lenguaje y hablan como tangueros”. En este punto difiere Marikena Monti, que considera a la juventud demasiado inmadura como para comprender la profundidad del tango (ver entrevista).
Piazza entiende que las razones para la perdurancia del 2 x 4 son la capacidad para retratar momentos históricos -“El poeta tiene la posibilidad de reflejar lo que sucede. Esto con el tango sucedió siempre, fue contando momentos sociales”, opina- y la identidad porteña. Para explicar lo que siente frente a la supervivencia del adolescente que entiende es el género, recurre a una frase de Ferrer: “El tango es un náufrago en la ciudad, pero es el de mayor aliento”.


lunes, 7 de septiembre de 2009

Sutilezas

Dos pupilas que se agrandan y se acostumbran a la oscuridad. Próxima, muy próxima, la tela, rozando las pestañas. La sábana es gris y tiene un estampado que bien pueden ser flores o pequeños animales, pero el halo de luz que entra por donde termina solo les permite ser manchas. La parte que está sobre la nariz se infla con toda exhalación y se hunde con cada inhalación. En las partes alejadas al espacio que ocupa el cuerpo acostado, las telas que componen las sábanas inferior y superior se tocan. Las de abajo son lisas lisas y azules. Entre el cuerpo, que parece inerte, y los sectores de tela que están en contacto, se forman triángulos, irregulares, pero triángulos al fin. Una protuberancia se observa donde están los pies, y por ahí entra más luz, porque la sábana de arriba está más lejos del colchón. Los brazos, pegados al cuerpo, generan el efecto de escalones en la tela que baja hacia la sábana de abajo. Cada pliegue es suave, sutil, como el género del que está hecho. Las pupilas ya son más grandes y permiten ver más detalles. Todavía no distinguen las flores de los pequeños animales, pero si notan que la composición de la tela consta de pequeñas líneas, como fibras, entrecruzadas eternamente. Porque en ese espacio, el horizonte es el lugar donde la sábana baja para cubrir el colchón, y lo que viene después, al escapar, es infinito.
Ahora, medio metro debajo de las dos pupilas, la panza y una puntada que la azota. Bien en el medio, y hasta el centro. Haberse acostado no fue más que un arranque de rutina, y los ojos cerrados la mayor parte de la noche un simulacro de normalidad. Porque dormir, una utopía. Pero ahora ya está bien, los ojos abiertos se justifican porque el sonido del despertador ya se filtra por las fibras que componen la tela de la sábana. Otro día la hubiera irritado, el chillido agudo en sus oídos, pero hoy piensa que capaz que lo que no es bello pero sí cotidiano se torna necesario cuando le es arrebatado a la persona. Y tal vez lo cotidiano le sea arrebatado a ella, que es la persona. Así, con todas las cosas malas. Persona que ya no espera el sonido de llave cuando él, su hombre, o algo así, llega a la casa que alguna vez fue de ambos, por el contrario anhela no escucharlo. Sonido cotidiano, que es el presagio del hartazgo, de los ojos que no la miran y la violencia de esa ausencia, de la ausencia de la mirada.
Esa idea circula su cabeza. Pero también está la otra, la que dicta que las cosas malas, las cosas sucias, no le pasan a ella, o a lo que ella representa. La justicia entiende de clases, códigos y pertenencias. Porque, justamente, la justicia, o los que la construyen, pertenecen. Y siguiendo esta figuración perfectamente podría pasar que ella, por fin, se desentendiera de sábanas, permaneciera un minuto más acostada y finalmente sentiera el impulso y la contracción en el abdomen que supone levantarse. Pasos la conducirían hasta el baño y después hasta la cocina, donde, más arriba, sus manos inducirían a dos rebanas de pan al arte de tostarse para resultarles más sabrosas al paladar humano. Y bien humana sería ella comiéndolas, propiamente untadas con dulce de durazno, nadie se atreva a negarlo. Minutos después, atravesaría, ya vestida, la puerta. Una vez en la calle, recorrería, de forma mecánica, las mismos espacios de vereda que camina todos los días, pero por motivos diferentes. Escalones que son como los pliegues de una sábana la enterrarían. Allí, bajo cemento, esperaría, no mucho, el ruido creciente que anuncia la llegada del subte y luego las dos puertas que se abrirían frente a ella. Porque las puertas siempre se abren en los centímetros exactos de andén que ella ocupa, como si ese gusano gigante de hierro pudiera percibirla. Sólo adentro de su habitación es invisible. Invisible para él.
Atenta al nombre de las estaciones, porque normalmente hubiera bajado antes, leería en ese conjunto de signos que es la palabra “tribunales” la indicación para dejar el subte. Luego, metros más cerca del sol y más lejos del centro de la tierra, caminaría hasta toparse con las puertas de un edificio viejo pero hermoso. Adentro, recorrería escaleras hasta darse cuenta de que está donde tiene que estar. Y ese lugar es donde un grupo de hombres vestidos con trajes gris abogado, con sus respectivas corbatas distintas pero iguales, la mirarían desfilar entre ellos para llegar a la tarima, y lo que sus ojos verían le indicaría a sus cerebros que esa mujer es demasiado de muchas cosas para estar ahí: linda, elegante, bien. Una mujer bien. Tan extraña, y hermosa, se sentiría con ojos sobre su cuerpo.
Ante ellos giraría para buscar sus miradas, uno por uno, mientras les explicaría, imploraría, que no había podido elegir. Le hablaría a la ley, personificada en esos hombres, e intentaría seducirla. ¿Cómo se suponía que actuara si era él quien la había elegido joven y hermosa? ¿Quién más, sino, le había dado a entender haciendo uso de la más cruel indiferencia que los sueños de amor caducaban? ¿Qué otro ser podía haberle transmitido mejor que él que cuando una mujer pierde su juventud pierde su razón de ser, de ser esa mujer para ese hombre? ¿Acaso otra persona había sido capaz de arrebatarle la inocencia para transformarla en algo abyecto? Él le había hecho comprender que cuando la eligió para siempre eligió la desidia, la inercia, que había sabido compensar con el ejercicio del adulterio, de encontrar otras mujeres que eran tres veces lo que ella era ahora, pero ni un tercio de lo que había sido antes. Y ya, en este punto, los hombres de traje estarían lo suficientemente tocados para proceder a explicarles que no existía otra salida, que la válvula de gas abierta en el cuarto donde su marido dormía no fue una elección que se le presentó, sino una imposición del destino, que era crudo. De la misma forma, les haría entender que la amalgama de estupefacientes que se encargo de introducir en su garganta, para evitar infortunios, había sido un acto espontáneo de la naturaleza y no ejercicio de cosa tal como el libre albedrío. Así, como corresponde, esos hombres verían en la mujer una víctima y no un victimario. Y así, ella podría volver a odiar a su vida cotidiana en lugar de convertirla en algo sublime por su ausencia, aunque sin tener que soportar más la violencia sutil, amordazante, de la indiferencia.
Todo esto puede pasar pero las sábanas siguen rozando sus pestañas.

miércoles, 26 de agosto de 2009

Un Dios en la tierra – El abandono a la búsqueda de la explicación


26 de agosto
Hace 95 años pasó algo fantástico. Nadie imaginó que un pequeño cuerpo que respiraba por primera vez iba a escupir cuentos, así como un hombre puede escupir conejitos y sacarlos al balcón. Pero la palabra “cuento” limita, recorta, es injusta. Agregarle las novelas tampoco alcanza. Porque no es fácil entender a Cortázar -no mentes sino almas inexpertas las nuestras, encasilladas a eso que se supone es la realidad-, pero ese “no se que hay adentro mio” que queda después de leer una obra del escritor no está contenida en los géneros literarios por sí solos y no tiene nada que ver con lo clasificable. Cortázar captura y hace respirar vida cotidiana, ómnibuses, ciudad, amenaza, extrañamiento, preguntas: humanidad. Sobre todo, sentimiento, porque es esa la palabra que más se acerca a ese “no se que hay adentro mio”.
Y al hecho de que haya existido un hombre mágico, en el sentido literal, acá no hay metáforas, cuya imagen incluso aporta a lo fantástico de su persona -un hombre en cuya altura y mirada coincide la eternidad-, no hay que encontrarle una explicación racional. Las búsquedas mejor dejárselas a un hombre y una mujer que aún hoy se persiguen en París. No hay que bajarlo a tierra. ¿Para qué, si, justamente, lo que deja en manifiesto es que hubo un Dios en la tierra? Y si esta razón no alcanzara, si alguien en el lugar del Dios quisiera colocar al empirismo y, por tanto, negar la afirmación anterior, aún en ese caso, por homenaje al gigante, se aceptará lo fantástico, lo irracional, como parte de lo real.
Porque es ese el legado de Cortázar, al menos así lo entienden estas dos manos que encuentran en el impulso las razones para escribir este texto y no en saberes o conocimientos que justifiquen su autoría, es habernos contado, ¡gritado!, que la realidad, desde una mirada desautomatizada de esta vida dividida en 24 horas cuyo mandato ¿divino? es ser destinadas a la producción, al mercado, es extraña, es fantástica.
Son ventanas que se abren y a veces dejan entrar a lo racional y otras a lo mágico. O quizás las dos sean la misma cosa.
Hace 95 años nació Julio Cortázar.

sábado, 22 de agosto de 2009

La luz roja

Movimiento. Verde, amarillo. Ahora el colectivo desacelera. Rojo. Un sacudón leve para adelante y el cuerpo de Federico se detiene adentro de la jaula de hierro. Por afuera es roja y amarilla, con detalles pintorescos que recuerdan a otra época, pero a una Buenos Aires más Buenos Aires que esta de la avenida Cabildo donde la bestia se detiene ante la luz roja. Cruza un cardumen. Las caras para abajo a ver si se les pierden los pies. De vereda a vereda, de gris cemento a blanco pintura y otra vez cemento y sí, los zapatos siguen ahí. Eso piensa Federico pero el cardumen es siempre igual -estos no son peces de colores- y se aburre.
Al lado hay otro elefante pero este es de los nuevos, no centenario, aunque llega hasta avenida Centenario y justamente por eso no es rojo, es colorado. Las ventanas son amplias y en su amplitud está Federico cuando ve al especimen que se ubica detrás del colectivo vecino, el colorado. Es normal, ni la gran cosa ni la poca. Pero él piensa en cómo sería si gente de 1950 viera ese auto. El batimóvil les parecería. Mira para adentro. No, no es Batman. Aunque ella bien podría ser Gatubela. Hasta tiene el mismo color de tez que Halle Berry. Entonces se acuerda de esa película en la que Halle interpreta a una mujer pobre que, cocaína de por medio, ¿o era heroína? No, una heroína no puede ser porque abandona a su hijo en un tacho de basura. Pero después uno se encariña, cuando lo quiere recuperar y llora. Ah, la mujer del auto también está llorando.
Federico se imagina que el ruido que hacen las pavas cuando hierve el agua le sale por la nariz. Aprieta las manos como ganchos a los bordes de su asiento, pero es no es lo grave. Lo terrible es que las manos del hombre que no es Batman aprieten como ganchos a los brazos flacos de Halle Berry. Y lo peor es cuando mira esos brazos, Federico, porque el hombre mira para adelante, al vidrio del auto, y lo que le sale de los ojos se parece al fuego. Esos dos brazos llenos de moretones. Y el no Batman aprieta y lastima cada vez más a la mujer. Y la ventana que separa al colectivo de Federico del cemento de la calle transforma a su furia en impotencia. Por un momento los ganchos sueltan a Halle, pero no, es para peor. La mano se eleva, se eleva a la altura de la cara de tez oscura. Amarillo. La cachetada. Federico salta pero el colectivo sigue estando ahí, y lo sigue separando de la escena de la que es testigo. Verde. Luz verde para él.

lunes, 17 de agosto de 2009

La costa del mar de la isla de Seto

Un sacudón sin viento y Japón llegó a Buenos Aires. Así, seco, bruto. Por sobre todas las cosas, atemporal. Hiroshímiko. Ya por esos años, pocos para una vida, debía haber escuchado la teoría, que si se hace un pozo en Argentina se llega a Japón. Cuatro años debía tener. O tal vez faltaban cuarenta y cinco para mi nacimiento. La cosa es que una bomba explotó en Japón y se sintió en Buenos Aires. A mi no me lo contaron, lo escuché.
Años de recapacitación, meditación, aproximación, teorización y otros ción y la conclusión es esta: Promediaba el año 1944 cuando. O mejor empezar con: Érase una vez un joven japonés llamado Asakusa Yanurabi, criado en la costera y apacible, por ese entonces, ciudad de Hiroshima. ¿Hiroshima es costera? Google. Wikipedia. Érase una vez un joven japonés llamado Asakusa Yanurabi, criado en la costera y apacible, por ese entonces, ciudad de Hiroshima, que fue fundada en 1589 sobre la costa del mar de la isla de Seto, y tiene una población estimada de 1.157.962 personas, una densidad de población de 1.279, 5 personas por km² y una superficie total de 905,01 km². Asakusa era un muchacho tranquilo. Un muchacho tranquilo suena mediocre. Asakusa no llevaba el viento en la sangre, como todo buen muchacho japonés, cortés y burgués, sabía reprimir en tiempo y forma sus instintos y pasiones. Respetuoso de quienes lo precedieron en el honor de portar su mismo apellido, es decir, sus mayores, disfrutaba de pasar horas mirando el cielo y el mar (la costa del mar de la isla de Seto), permitiendo a su mente deambular por rincones éxoticos de su imaginación, mientras pretendía escuchar las historias que su abuelo remitía. Una tarde de marea baja, en el que la ausencia de viento y olas obligaba al joven a atender las palabras del anciano, se enteró de la teoría. Fue una revolución para su intelecto chaval enterarse de que un pozo en Hiroshima lo arrojaría en Argentina. Allí el General se imponía como figura central de la política y la sociedad, un terremoto destruía la ciudad de San Juan y cincuenta años más tarde lo mismo haría una bomba con la Asociación Mutual Israelita Argentina. Efemérides.
Los días de Asakusa Yanurabi se volvieron monótomos, con un objetivo escrito en su frente que perturbaba su visión en el espejo por no verse realizado. Primero fue una cuchara, después una pala y por fin un sofisticado sistema extraetierra. La locación cuidadosamente premeditada, lo más lejos posible de la playa, de la costa del mar de la isla de Seto, porque su experiencia le dictaba que cuando se cavaba en la arena pronto emergía el agua del agujero. Cacofonía. Agua agujero.
Y la parte trágica. Acá hay que cuidar que el tono sea trágico, bien dramático. Signos de exclamación, ahí va. ¡Aquel pozo que no representaba otra cosa que un agujero profundo, cual la profundidad del mar de la isla de Seto, en la infancia y en la inocencia de Akakusa Yanurabi! Y la tierra que de él extraía, que no era sino el vestigio, las ruinas de lo que algún día sería. ¡Un gran hombre! Padre de jóvenes tan prudentes como él lo había sido mientras cavaba, cavaba y cavaba agotando a cuentagotas la fuente de su juventud. No eterna, efímera, juventud pura. Esposo, más que eso, ¡fiel compañero!, de una hermosa doncella que cuidaría su virtud, ¡hasta la noche de su boda!, para después cuidar de él, de Asakusa, hasta que este pereciera en su lecho. Todo eso sería. No, no sería. Todo eso hubiera sido a no ser por la bomba, por la implosión que con ella se llevo el pozo y la joven vida.
Y acá viene lo contario de una analepsis, porque es para adelante. Buenos Aires a destiempo. Corría el año 1994. Las suelas de los zapatos de una mujer fueron sacudidos de su estable contacto con el piso, una leve pero notoria vibración subió por su cuerpo recorriéndolo hasta llegar al lugar donde se les atribuyó una significación que fue posteriormente relacionada con una noticia leída en el diario. Cincuenta años tardó el estruendo en atravesar el agujero zurcado por Asakusa Yanurabi y llegar a los cien barrios porteños. A uno de ellos, al menos, llegó, como un eco japonés, hiroshímiko, el temblor desde el mar de la isla de Seto. Como un sacudón sin viento. Partículas de aire japonés volando por Buenos Aires. Y qué extraño, estadounidenses, japoneses, judiós y menems estaban involucrados en la cuestión. Y cabía en la unión de esos dos átomos de oxígeno la política, la violencia, la guerra y la estupidez.
Otra no queda, tiene que haber sido así, sí o sí.

jueves, 13 de agosto de 2009

Escuela de Frankfurt y el Mayo Francés

El país de la utopía

Las consignas levantadas por los jóvenes que protagonizaron el mayor movimiento estudiantil encuentran una estrecha relación con las teorías de Marcuse, Horkheimer y Adorno.


La Revolución Francesa fue la única revolución exitosa. No faltan adherentes a esta teoría, basada en el hecho empíricamente constatable de que el sistema impuesto por ella aún perdura. La Revolución Rusa es hoy la crónica de un modelo del mundo radicalmente distinto frustrado. En Cuba ya hay celulares y cada vez más Obama y menos Fidel.

Sin embargo, los pensadores de la escuela de Frankfurt refutaron el éxito de la gran revolución burguesa y ubicaron en ella una traición a las banderas de “igualdad, fraternidad y libertad”. Es justamente a este abandono del potencial emancipatorio al que se enfrentaron los protagonistas del Mayo Francés. Francisco Fernández Buey, catedrático español y autor del libro Utopía e ilusiones naturales, se refirió al acontecimiento como una “insurrección democrática que anunciaba el retorno a los principios de la gran Revolución Francesa”.

Tomando a autores como los alemanes Herbert Marcuse y Max Horkheimer, los estudiantes que impulsaron la protesta universitaria, que se extendió al movimiento obrero y a temáticas tales como la liberación sexual y el antiimperialismo, tomaron como consigna la lucha contra el orden existente, al cual consideraban injusto y desigual.

En este sentido, Marcuse había descripto en su ensayo “Acerca del carácter afirmativo de la cultura” (1935) el modo en que en la era burguesa -como denomina a todo lo que vino después de la Revolución Francesa- los dispositivos de la cultura, en manos del poder, propiciaban la aceptación de lo existente. Las insignias “Si lo que ven no es extraño, la visión es falsa” y “Sean realistas: pidan lo imposible”, presentes en el inventario de carteles y pintadas que adornaron esos turbios días de mayo en París, que amenazaron la continuidad del entonces presidente Charles De Gaulle, responden a esta lógica de cuestionamiento de las condiciones materiales existentes.

El autor, perteneciente a un cuerpo de investigadores sociales alemanes de corte marxista, también definió al arte como el espacio en el que las clases burguesas permitían un instante de felicidad a las clases oprimidas. De acuerdo con él, sin embargo, ese momento debía ser efímero porque el trabajador tenía que volver a su rutina alienada. A esta concepción responden las consignas: “Decreto el estado de felicidad perpetua”, “El arte es mierda” y “La cultura más hermosa es el adoquín”.

En la misma línea, Horkheimer y Theodor Adorno habían desarrollado en los estudios que componen La dialéctica del iluminismo el modo en que el ejercicio de la razón instrumental, que profesa la confianza ciega y exaltación de los hechos, cifras y fórmulas matemáticas, había puesto a la ciencia al servicio de la industria y, por tanto, del mercado. La vuelta a los aspectos del ser humano que habían sido relegados por la razón práctica está contenida en la emblemática frase del Mayo Francés: “La imaginación al poder”.

El espíritu de los acontecimientos desarrollados por los autores de la Escuela de Frankfurt estuvo presente en los reclamos ejercidos por los estudiantes franceses. Así lo pone en evidencia la declaración inscripta en la entrada de la Sorbona, universidad que fue eje del movimiento: “Queremos que la revolución que comienza liquide no sólo la sociedad capitalista sino también la sociedad industrial. La sociedad de consumo morirá de muerte violenta. La sociedad de alienación desaparecerá de la historia. Estamos inventando un mundo nuevo original”. De más está decir que estos ideales hoy forman parte de la lista de las utopías que nunca pudieron perder el carácter de tales.

sábado, 1 de agosto de 2009

El incolumnado *

*Consigna para la facultad: descubrir y describir una "especie" en la Feria del Libro.


Una leyenda popular dice que bien atrás de nuestras memorias, ahí donde escondemos todos aquellos acontecimientos de nuestra vida infantil cuya asistencia requirió una firma en nuestro cuaderno de comunicados, todos nosotros, los humanos, tenemos reminiscencias de haber pertenecido a la especie que voy a describir a continuación.
La entrada al mundo de los vivos se da, para estos seres, de una manera muy burocratizada. Un papel sirve de pasaporte para el traspaso de la no existencia a la existencia. Es decir que los “escolaris excursionus” cuentan con una partida de nacimiento antes de respirar por primera vez.
El “durante” del pasaje del no ser al ser también cuenta con características muy particulares. Los nacimientos son colectivos, nunca individuales. Multitudinarios pero, sin embargo, ordenados. Los miembros de la comunidad naciente se ubican formando lo que nosotros conocemos como “filas”, columnas de individuos. En este punto tan temprano en su paso por la vida, surgen los primeros rebeldes, esos especímenes que se alejan del comportamiento que se espera que ejerzan los escolaris. Revoltosos, gérmenes de revolucionarios, subersivos: la peste. Afortunadamente, como siempre en nuestra historia, la parte más diestra del ser humano sabe introducirse en la formación de estos descolumnados desde el inicio: la maestra ordena al alumno que forme en fila como el resto de los miembros de su especie.
Una vez superado el parto, los escolaris se encuentran ya en el hábitat donde transcurre su existencia. Recorren eternos pasillos que son, para ellos, como avenidas y rutas. Lo que en nuestras modernas sociedades llamamos “Estados-Naciones”, para los escolaris toman la forma de “Stand”. La observación metodológica que un investigador llevó a cabo, mientras hacía trabajo de campo, reveló que un determinado individuo de la especie demostraba un sentido de pertenencia muy marcado dentro del “Stand 1364”. Los científicos compararon este comportamiento con en nacionalismo profesado por muchos humanos.
Si bien la vida de los escolaris excursionus no presenta mayores sobresaltos, hay un dato que alarma. Exámenes cognitivos realizados a distintos especímenes dan a conocer que la mayoría no es conciente de su razón de ser, es decir, del motivo por el cual fueron expulsados al mundo. No es de público conocimiento entre ellos que su hábitat, ese que presenta techos muy altos y pabellones que hacen las veces de continentes, alberga la presencia de objetos inanimados con el potencial de poner a funcionar su alma: solo requieren el trabajo conjunto de dos ojos, una mente y un corazón.
El fallecimiento de estos seres se da en iguales características que su nacimiento, solo que en el sentido inverso. Así como muchos hombres que estuvieron cerca de la muerte dicen haber visto una luz blanca que los acercaría a su nuevo destino, aquellos escolaris que se aventuraron antes de tiempo a la salida que da a Plaza Italia afirman haber divisado un colectivo naranja que sería su vehículo a la vida después de la muerte.
Durante esa existencia post-mortem de la que solo los excépticos descreen, puede ocurrir que algún individuo rebelde tome en sus manos uno de esos objetos inanimados previamente descriptos, es decir, un libro, y se sumerja en él. Este hecho fortuito, no obstante, poco habrá tenido que ver con su vida terrenal como niño en una visita escolar a la Feria del Libro. Y si bien siempre habrá alguien para ordenarle que vuelva a formar fila, la experiencia de dejarse atravesar por la lectura le permitirá seguir siendo para siempre un incolumnado.