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miércoles, 6 de abril de 2011

...

Se dio cuenta en el andén. “Esta se está riendo de todos nosotros”, dijo mirando en el cartel la cabeza gigante de Pampita, que sonreía porque gracias a Garnier Nutrisse su pelo está nutrido.

viernes, 18 de febrero de 2011

Cadáver exquisito


*zapando junto a AC

Las plantas habían devorado ya toda la estructura del hogar. La galería, la cocina y sus ollas, el balcón y el pórtico estaban cubiertos por ramas de enredadera. Las perfumadas hojas y los florecidos capullos adornaban los marcos de las ventanas. Lo más curioso era el tronco negro y robusto que dormía en la cuna del bebé de la familia Sheridan.
Mientras el tronco dormía, el bebé leía el diario. Lo de siempre: dos asaltos a comercios, descubrieron que la pelusa del durazno ayudaría a prevenir el cáncer de cerebro, el Banco Central de Estados Unidos compró pesos húngaros para contrarrestar la inflación y el hallazgo de un bebé en Indonesia que sabía leer. Al llegar a esa parte, el bebé Sheridan miró por la ventana y vio el Mar Indonésico.
El niño recordó su último verano, justo antes de que la planta carnívora que su madre había plantado en noviembre, devenida en gigante y voraz en febrero, se tragara a la abuela con silla de ruedas, alzheimer y todo. El mar estaba límpido y el niñito pensó cómo sería nadar allí, solo.
Esa misma tarde, alquiló el triciclo más lujoso que había disponible en TriciTrans, cargó una mamadera de Seven Up en la mochila, sujetó su oso Teddy y se calzó una gorra con visera de Mariano el Marciano, su programa animado favorito. El sol se ponía y, recordando los libros de álgebra que su madre solía leerle, el pequeño supo que debía llegar antes del anochecer a la costa.
Gateó durante algunas horas, hasta que eso que raspaba sus rodillas dejó de ser asfalto y se transformó en arena. Allí, la multitud lo esperaba. El frío de la noche era opacado por el calor de las antorchas. El prodigio se encontró ante una disyuntiva. ¿Era su don una maldición? ¿Había sido, acaso, un plan de su madre para liquidarlo? Baby Sheridan, como lo apodaban en el taller de alfarería, recordó todas las noches de lectura con su progenitora junto a la estufa a gas. ¿Esa pretendida instrucción, del álgebra a la literatura escandinava, y luego a la tradición mitológica de la laguna de Trenque Lauquen, habían sido la antesala de lo que ahora veía?
Esa noche, gracias al diario de ese día, todos sabían su secreto, y reaccionarían. El gateador se preguntó, sin pronunciar palabra, ¿significaban las antorchas su muerte pública, o los fuegos artificiales de su consagración?
Surcando el cielo a duras penas, una gaviota de plumas rojas llegó volando, transpirada y sin aire al lugar. Sus latidos se oían a unos pocos metros, y la expresión de sus negros, pequeñitos ojos, dejaba saber que se despediría del mundo. “Yo no soy cantor letrao”, comenzó el ave. Cuando descubrió que estaba citando el Martín Fierro, retomó la charla. “Cuando lloraba y hablaba quería aprender a volar. Ahora quiero volver a tener sentimientos”, gritó mientras llegaba el párroco para darle la extremaunción.
“Ya habéis escuchado la condena pública”, le contestó el clérigo (marcando sus diferencias con el clericó). Mientras tanto, el periodista que había escrito la crónica de Baby Sheridan, presente en la playa, tomaba notas en su libreta:

Los humanos, puede uno observar en la playa y ante la presencia de vendedores de pirulines y barquillos, son como las hormigas. Por separado, están condenados a la riqueza y el sufrimiento. Claro, eso es lo que puede observar uno. Es difícil explicar qué podría observar yo, que para el periodismo conservador, no existo. Hasta que me opongo al gobierno.

Estaba satisfecho con su artículo. Pero aunque apagó su libreta y cerró el grabador, creyó que le quedaba algo por hacer en el lugar.
Fue entonces cuando, tarareando una melodía (que acompañada con palabras dice “Te vas Alfosina con tu soledad...”), el cronista caminó cauto, cada vez con las rodillas más sumergidas, y se acercó al horizonte. La mirada era imperturbable, pero la culpa lo atravesaba. El fervor de la multitud de sicarios le daba la espalda. En lo alto de muchas manos que lo alzaban, el pequeño Sheridan fue el último en ver la nuca del cronista. Finalmente, las burbujitas que salían del grabador fueron lo único que quedó de su presencia.

domingo, 12 de diciembre de 2010

Arco plateado, mitad dorado

Hoy busco librarme de la luz que nos emparenta.
La luna está llena, y espero que conquiste el atardecer perdido.
Arrimo la cabeza hacia el cielo, aspiro las estrellas.
Ahora busco unir los destellos que ellas desprenden y crearme ahí, entre ellas.
Mis manos acarician la liviandad.
Estoy suelta, me dejo llevar.
Suspiro el amanecer. Aterricé.

Pinturitas en el escondite

Te amo (sentirlo me da rabia).
Te odio (me da placer).
Te pienso (elijo nuestro dia más triste para dejar de hacerlo).
Te llamo (me arrepiento cuando cortamos).
Te busco (me escondo cuando te veo pasar).
Te dibujo (busco quebrar la punta del lápiz).

(...)

Te amo, y: un deseo rabioso pide que te busque, dibuje, llame, odie y me esconda otra vez.
Te escribo.

(Y deseo que se acaben las ideas.)

sábado, 9 de octubre de 2010

Juguemos

Siguiendo los rulos del remolino, me mareo en tu figura.
Detrás de cada mirada, sorteo la mejor sonrisa para regalarte.
Ante cada suspiro, me preparo para besarte.
Luego de la caricia, reafirmo mi postura para la próxima.
Del más simple roce crece la ansiedad de lo que vendrá.
Sexo.
Las agujas del reloj corren el tiempo. Me detengo a mirarte.
La canción que suena asegura un buen comienzo de jugada. Mi juego, tu juego, aún nuestro juego.
Sexo.
Aún me convences para amarte. Aquí estoy para soñarte, y desearme en el inconsciente que te presto cada vez que nos acostamos.
Nada es en vano.

Peperina.

jueves, 27 de mayo de 2010

Redes ficcionadas

Había una vez un señor muy grande, gordo y alto llamado Igor Basileo Menéndez. Cuando firmaba uno de los tantos documentos importantísimos que llegaban a sus manos lo hacía con sus iniciales: IBM. Igor dedicaba sus ratos libres en la oficina a acariciar su gorda panza, que una camisa blanca y azul apenas llegaba a cubrir, y vanagloriarse sin pudor en sus pensamientos de todo lo que la empresa familiar había logrado. Su padre, el señor Telegr Afo, había sido parte de las operaciones de inteligencia durante la Segunda Guerra Mundial y el fundador de la lógica de trabajo de la familia. Igor disfrutaba orgulloso como cada célula de información pasaba por sus manos antes de llegar a los demás, ingenuos usuarios destinados a recibir sin reservas lo que el estuviera dispuesto a difundir.
Igor tenía un primo que con el que compartía ese pensamiento, el señor Huge Grant Medio, que tenía empleados, a los que llamaba cariñosamente periodistas, dedicados a escribir lo que el quería, y le convenía, decir, y difundirlo entre las ignorantes masas.

Esta historia, sin embargo, no pudo permanecer así de feliz por siempre. El malo siempre llega y esta vez fue de la mano de un joven moderno, medio subersivo, con un raro peinado nuevo, flaco, que usaba zapatillas en vez de zapatos, y remeras de diseño, llamado Hack Er. Hack era parte de esa juventud perdida que tiene ideas medio extrañas en la cabeza, seguramente metidas por los comunistas y toda esa calaña, y pensaba que no estaba bien que todos tengan que pasar por la empresa familiar del señor Menéndez para acceder a la información. Así, se juntó con sus amigos nerds y brindó a sus vecinos formas alternativas de comunicarse. Prontamente, Hack y su pandilla no pudieron resistir la tentación de comunicarse y ponerse en Red. Esta nueva forma de inteactuar fue creciendo, e Igor Basileo no pudo evitar ponerle sus grasosas manos encima. Sin embargo, de una nueva forma de comunicarse, surgían también nuevas estructuras de poder.

El empresario Igor empezaba a ver poco a poco como su Imperio dejaba de serlo tanto. Su primo Huge Grant Medio, por su parte, sobrevivió a la transformación. Pero no para siempre. Un par de generaciones después, llegaron los hijos de Hack Er y María Libre Softw Er, llamados Juan Blog Er y Oliver Twitt Er. Ahora, la decisión de qué información llegaba esas quizás no tan ignorantes masas no recaía en forma absoluta sobre la mente de Huge Grant Medio y sus secuaces los periodistas, sino que surgía una nueva generación de practicantes de un nuevo deporte, llamados internautas, que cuestionaban la tarea del periodista. Su esencia ya no era la de tener la primicia o el acceso directo a las fuentes, sino que eran una herramienta más de análisis sobre la realidad, pero ya no la única.

La actualidad es turbia para los señores Igor Basielo Menéndez y Huge Grant Medio. Ellos no se encuentran acabados, pero sí amenazados por esa gran revolución en la que la gran diversidad de cibernautas no pueden ser organizados por un grupo dinamizador responsable y estable. Sí responden a ciertos líderes de tendencias, pero el espectro ideológico que en esa gran red, que no es anárquica, sino distribuida, en contraposición al dibujito de la red cetralizada que el Sr. Menéndez tiene hecha cuadro sobre el escritorio de su oficina, es una expresión de la gran diversidad humana. La existencia de sectores que, por cuestiones socio-económicas, no pueden ser parte de esa gran comunidad es material para otro cuentito, que sin dudas será menos amable que este y debe ser escrito.

Pero este cuentito termina acá, aunque la historia que remite no ha finalizado y se le agregarán páginas y más páginas, provenientes de diferentes manos y cabezas, de los hijos y nietos y tataranietos de Hack Er y Juan Blogg Er, y no de la única pluma, o teclado, de Igor Basileo Menéndez y Huge Grant Medio.

Este cuentito está inspirado en otro: El poder de las redes, de David de Ugarte , fundador y teórico del grupo ciberpunk español. Lo hizo a partir de la revolución que generaron las conversaciones registradas en su blog, sumado a su práctica hackeadora punky y la corriente que arrastró su movimiento, de 1989 a 2007.

sábado, 23 de enero de 2010

Deseo de turista

Haciendo uso de tu condición,
mi sentimiento se va envolviendo en una casta.
Quizá jamás sepa donde voy a desembocar.
Tu presencia simula ser un país donde yo,
como turista, comienzo a moverme con extrañeza.
Soy un recién llegado.
Es momento de que recibas mis maletas
y yo me albergue, primero, en tu perfume,
después, en tu piel.

sábado, 5 de diciembre de 2009

El pacto del bolsillo y las chillonas

Desquiciadas, en plena convulsión y exasperación, cuelgan sus bolsillos sobre las telas que, retaceadas y luego fundidas, confluyeron en prenda. No tienen otro propósito, sólo prenderse a ese fino, resbaladizo, contagioso y ¡cómplice! atuendo. El por qué tiembla, medita, hasta que de sus ojos supura un signo que envicia, la clave del vicio. Una “ese” traspasada, cortada, que se desangra en aquéllos bolsillos. Suciedad. Más consumo. Más ambición. Nuevamente ellas, ahí, olfatean sin cintura, sin importar el qué dirán adentro de ese ambiente-recargado-de-retazos-valiosos. Pero afuera la cosa cambia, la palabra prejuicio danza en las mentes de señoras -¡y hasta pequeñitas!- enfrascadas en la “ese” partida a la mitad. Débil antes, en el bolsillo, pero fuerte cuando sale a la vista del montón.
Suavidad preciosa, estampa rabiosa, contagio de manos que se multiplican en el ambiente, tacos que pisan nerviosos el piso (hasta sudan).
Desvío de ojos, el bolsillo elije, la mano acepta, los dedos manosean el deseo. Las mujeres pactan con el bolsillo. Respiran profundo, tragan suavemente –con risita chillona que se escapa de entre sus dientes manchados con rush- y se piensan ahí, en el montón de retazos. El pacto se concreta. La mente volvió a fallar.

Soplo de vértigo

Estaba parada, derramando gotas sobre sus mejillas,
queriendo escapar de su pesadilla,
buscando un refugio para olvidar sus penurias,
engañada en promesas que la condenaron
a quitarse el alma.
Olvidó amar, y se paró frente al mar.
El pasado y el presente se convirtieron
en un instante de vértigo.
La brisa pegaba fuerte.

Las cinco puntas de la mano

Como las líneas que se entrecruzan
en la palma de mi mano,
sigo girando en el desorden.
Mis dedos, como puntas, equivalen
a las puertas que debería sortear
para ver en cuál de todas ellas estás,
tardío amor, esperanzador.
Y mientras me sumerjo en los candados,
observo -extasiada en ansias- si mi llave
coincide en las concavidades de tu raíz,
fina, lunga, cuasi consciente de que te pruebo.
Y me repruebo.

lunes, 9 de noviembre de 2009

Coquetería visual

Siempre la veía pasar por el mismo lugar. La vereda por la que caminaba, tan exacta y compacta por baldosas quebradas por el pasar de los años – ¿cuántos han transitado por ellas?-. Sus expresiones y costumbres, encerradas en su modo de vestir, de caminar velozmente y de moverse frente a la adversidad sostenida por los aires de los que giran – vagabundos que están allí por una causa emparentada por los actos y responsabilidades de momento- sacudían la atención -¡oh!, y con tan impresionismo- de este inequívoco acechador de engañoso ilusionismo pasional. Lo cierto es que cuando la veía aparecer, inmediatamente me asomaba desde lo alto para suspirar su pasar, y creerme cerca de ella aunque sea con mi ilusión óptica, porque –para ser sincero- era sólo una chica a la que nunca iba a poder atravesar. Mi causa era concreta. La esperaba cada mediodía, aunque los pájaros estuviesen decididos a contagiarnos de sus cantatas veraniegas o que se decidiesen a encerrarse en sus nidos por el frío. Era mi amor, ése amor, el mismo que se esfumaba una vez que doblaba en la esquina y cruzaba –mirando hacia los laterales de la calle perpendicular a la que ya dejaba atrás- hacia la estación de tren.
Tenía la sensación de que la conocía de algún lado. Por eso me enfadé con seguirla visualmente en esos ratos de descanso –para mí, claro; me daba la impresión de que siempre estaba ocupada, nada hacía detener su caminar-. Era todo una ceremonia: salía del taller, dejaba los pasteles y pinceles a un lado, y me entregaba por completo a la energía solar, pero no hablada químicamente, sino su presencia, que me dejaba ver con más claridad el casi celestial techo del mundo, el cielo, en fin. Y luego de la golpiza de carga cándida, aparecía la muchachita –musa de mis deseos, indescriptibles deseos, de acercarme a ella, rociarla con la mirada, y apresurarme al momento de poner en claro mi pesar. El trecho entre ella-y-mi-ser volvía ensordecedor al ánimo por llamar su atención. ¿Cómo lograrlo? La gravedad del miedo se tornaba cada vez más agudo. El miedo –sensación que en sólo cinco letras puede resumir lo que abruma a una persona- que me trababa el accionar de impulso que me haga bajar las escaleras y alcanzarla en la esquina, para no dejarla cruzar por la calle que la conduciría al tubo que la llevaría a otro puerto, quién sabe cuán lejos de mí.
Intacta, sin desviarse, posó para mí una y otra vez. El tiempo fijaba la vejez, los días –precisamente- se acotaban al palpitar que me surcaba y ahorcaba cuando experimentaba la soledad. La luz, intensa, no pedía permiso. Se acomodaba lentamente, proyectando lo mejor de ella a través de los huecos de la persiana. Sin salirse de mi lado, me acompañaba hasta la aparición repetida de la pasajera en tránsito.
¿Cuánto puede durar un click? ¿Cuánto puede durar una imagen? ¿Cuánto tiempo vive una imagen?, ¿y cuánto el ser retratado? Hay expresiones y sensaciones que sólo pueden percibirse con una eficaz observación, con un estudio perseverante que pone en juego que es lo que uno puede sacar del otro. Pero a mí me sucedió algo mágico, porque yo saqué algo de mí a través del retrato. Un recurso que es difícil de agotar pero más complejo de alcanzar: la comprensión. Hay barreras que nos separan, pero sentimientos que nos encuentran.
Elena, siempre seguiré mirando tu fotografía, siempre esperaré a la invitación del sol para mirarte, y asegurarte mía hasta agotar los sentidos que poseemos. Te imaginaré conmigo, acariciándote lentamente, puramente joven. Las fotos se arrugan, se agrietan, el color deja en el camino su definición. Pero en mi mente, las imágenes –afortunadamente- esquivan el desgaste temporal. Mi dedo aprieta el botón, el botón hace click, y la esquina se vuelve a iluminar.

jueves, 1 de octubre de 2009

La inseguridad - crónica escrita en un viaje en tren a San Isidro



San Isidro es distinto

Más de una persona le había hecho el gesto de la nariz para arriba cuando contó que vivía en San Isidro. Y capaz tenían razón. O tal vez no. El partido incluye a la Cava, una de las villas más grandes del país, aunque tanto los sanisidrenses como los de afuera no acostumbren a mirar mucho más lejos de las calles Alvear, Belgrano y la hermosa avenida del Libertador. Pero, como dice el eslogan de la Municipalidad, que adorna numerosos carteles en la vía pública, San Isidro es distinto. Es la tierra de la convivencia. Una fortaleza de dos pisos emerge de un césped de película estadounidense y a ella entra una camioneta que parece tanque y se esconde con el ruido seco del portón metálico que se cierra como una cachetada. A unas pocas cuadras hay una pared inmensa custodiada por gendarmes que separa, como si la división no fuera ya obvia, como si se necesitara que digan “Ey, acá hay un ustedes y un nosotros”, a la villa del precioso, patricio, aristrocrático barrio de Santa Rita, o la Horqueta, no sé, son iguales. Error. San Isidro no es convivencia, es indiferencia. Es la tierra de las caras que miran para otro lado, para el más lindo.

Desde ya, muchas gracias
Ella iba a un colegio que quedaba en esa zona cerca de la estación San Isidro, donde hay una densidad de cinco colegios privados cada trescientos metros cuadrados. Sobreabundancia de elitismo que se complementa con la presencia del Club Atlético San Isidro, “cuna de los gerentes de empresas del mañana”, debería ser el eslogan. Allí no había convivencia, pero sí indiferencia, porque no hace falta que te pongan las cosas en la cara para saber que existen, ¿no? Sin embargo, hay un lugar de confluencia en la rutina de la mayoría de los habitantes de la zona: el tren. El que va de Retiro a Tigre, al que todos se refieren diciendo “Ah, pero es tranquilo, ahí no pasa nada”, el tren de la gente “bien”. El tren bien. Claro, eso no quita que una nena me entregue una tarjeta que dice “Señores pasajeros, disculpe la molestia, me puede ayudar con algunas moneditas, desde ya, muchas gracias” en el momento justo en que escribo “el tren bien”. Si supiera que estoy escribiendo sobre ella cuando me dice “que linda letra”...

Ay de nosotros
Cinco adolescentes vestidos igual, verdes de pies a cabeza, entran al vagón. Adentro, la confluencia. Seguramente a los y las oficinistas que vuelven del trabajo les moleste su presencia de risas fuertes y comentarios idiotas. Seguramente a las tres chicas sin uniforme algo en su presencia les moleste aún más.
“Chicos, me tiraron el pelo.” Ella se da vuelta y ve a las tres chicas, de esas que no entran en el “nosotros” sino en el “ellos”. Cada una mira a un lugar diferente del tren, parece una foto. “Chicos, me empujaron.” Otra foto. “Chicos, me pegaron una patada.” Tercer flash. Estáticas. No le quieren robar, no es más que el divertimento pasajero de tres pasajeras. Si esto llegara a conocimiento de TN sería algo así como: “Episodio de violencia extrema: joven estudiante atacada sin razón alguna por tres malvivientes mientras viajaba en tren”, y algunas vecinas sanisidrenses aparecerían diciendo que antes se podía viajar lo más bien, que ya no se puede vivir tranquilos, que ay de nosotros.

La nena sufrida
Minutos más tarde ella atraviesa las cinco cuadras de la estación a su casa, saluda a dos de los tres garitas que cruza, entra y se saca los zapatos de uniforme verde de colegio. Después se acuesta en el sillón naranja, el que inevitablemente induce a la siesta, y su mamá que le pregunta si quiere un té para sobrepasar el momento de vandalismo traumático que acaba de vivir. Sí, dice con voz de nena sufrida y prende la tele mientras espera el té. TN. Mientras que asesinatos, inseguridad, Fondo Monetario, el flagelo de la droga, la juventud perdida, los beneficios de comer bien y el gol de Palermo pasan por sus ojos piensa en la prueba de inglés que tiene al día siguiente (¡falta poco para rendir ese examen de universidad inglesa que, según le dicen, es una garantía para algún día conseguir trabajo!), su mente sigue divagando y aterriza en la remera nueva que va a estrenar el viernes a la noche. Y TN sabe todo esto.
A partir de este punto no puedo mentir. No sé cuántas cuadras caminó cada una de las tres chicas del tren para llegar a sus casas, ni si se tuvieron que tomar después un colectivo o qué. Tampoco sé si saludaron a dos garitas, pero puedo suponer que no. A lo mejor se cruzaron a algún policía, pero seguro no las saludó. No sé si cuando llegaron a su casa había un sillón naranja cómodo donde acostarse y si alguien les ofreció un té para sobrepasar la vida traumática que acababan de vivir. Pero puedo suponer que no. No sé si pensaron en la prueba de inglés del día siguiente, si iban a estrenar una remera ese viernes, si era importante estrenar una remera ese viernes, y si un examen les iba a garantizar trabajo. Pero puedo suponer que no. No sé si algo o alguien alguna vez les va a garantizar trabajo, pero puedo suponer que no. Ni TN ni yo sabemos todo esto. Y nos llenamos la boca hablando de la inseguridad. Qué palabra tan amplia, ¿no?

lunes, 7 de septiembre de 2009

Sutilezas

Dos pupilas que se agrandan y se acostumbran a la oscuridad. Próxima, muy próxima, la tela, rozando las pestañas. La sábana es gris y tiene un estampado que bien pueden ser flores o pequeños animales, pero el halo de luz que entra por donde termina solo les permite ser manchas. La parte que está sobre la nariz se infla con toda exhalación y se hunde con cada inhalación. En las partes alejadas al espacio que ocupa el cuerpo acostado, las telas que componen las sábanas inferior y superior se tocan. Las de abajo son lisas lisas y azules. Entre el cuerpo, que parece inerte, y los sectores de tela que están en contacto, se forman triángulos, irregulares, pero triángulos al fin. Una protuberancia se observa donde están los pies, y por ahí entra más luz, porque la sábana de arriba está más lejos del colchón. Los brazos, pegados al cuerpo, generan el efecto de escalones en la tela que baja hacia la sábana de abajo. Cada pliegue es suave, sutil, como el género del que está hecho. Las pupilas ya son más grandes y permiten ver más detalles. Todavía no distinguen las flores de los pequeños animales, pero si notan que la composición de la tela consta de pequeñas líneas, como fibras, entrecruzadas eternamente. Porque en ese espacio, el horizonte es el lugar donde la sábana baja para cubrir el colchón, y lo que viene después, al escapar, es infinito.
Ahora, medio metro debajo de las dos pupilas, la panza y una puntada que la azota. Bien en el medio, y hasta el centro. Haberse acostado no fue más que un arranque de rutina, y los ojos cerrados la mayor parte de la noche un simulacro de normalidad. Porque dormir, una utopía. Pero ahora ya está bien, los ojos abiertos se justifican porque el sonido del despertador ya se filtra por las fibras que componen la tela de la sábana. Otro día la hubiera irritado, el chillido agudo en sus oídos, pero hoy piensa que capaz que lo que no es bello pero sí cotidiano se torna necesario cuando le es arrebatado a la persona. Y tal vez lo cotidiano le sea arrebatado a ella, que es la persona. Así, con todas las cosas malas. Persona que ya no espera el sonido de llave cuando él, su hombre, o algo así, llega a la casa que alguna vez fue de ambos, por el contrario anhela no escucharlo. Sonido cotidiano, que es el presagio del hartazgo, de los ojos que no la miran y la violencia de esa ausencia, de la ausencia de la mirada.
Esa idea circula su cabeza. Pero también está la otra, la que dicta que las cosas malas, las cosas sucias, no le pasan a ella, o a lo que ella representa. La justicia entiende de clases, códigos y pertenencias. Porque, justamente, la justicia, o los que la construyen, pertenecen. Y siguiendo esta figuración perfectamente podría pasar que ella, por fin, se desentendiera de sábanas, permaneciera un minuto más acostada y finalmente sentiera el impulso y la contracción en el abdomen que supone levantarse. Pasos la conducirían hasta el baño y después hasta la cocina, donde, más arriba, sus manos inducirían a dos rebanas de pan al arte de tostarse para resultarles más sabrosas al paladar humano. Y bien humana sería ella comiéndolas, propiamente untadas con dulce de durazno, nadie se atreva a negarlo. Minutos después, atravesaría, ya vestida, la puerta. Una vez en la calle, recorrería, de forma mecánica, las mismos espacios de vereda que camina todos los días, pero por motivos diferentes. Escalones que son como los pliegues de una sábana la enterrarían. Allí, bajo cemento, esperaría, no mucho, el ruido creciente que anuncia la llegada del subte y luego las dos puertas que se abrirían frente a ella. Porque las puertas siempre se abren en los centímetros exactos de andén que ella ocupa, como si ese gusano gigante de hierro pudiera percibirla. Sólo adentro de su habitación es invisible. Invisible para él.
Atenta al nombre de las estaciones, porque normalmente hubiera bajado antes, leería en ese conjunto de signos que es la palabra “tribunales” la indicación para dejar el subte. Luego, metros más cerca del sol y más lejos del centro de la tierra, caminaría hasta toparse con las puertas de un edificio viejo pero hermoso. Adentro, recorrería escaleras hasta darse cuenta de que está donde tiene que estar. Y ese lugar es donde un grupo de hombres vestidos con trajes gris abogado, con sus respectivas corbatas distintas pero iguales, la mirarían desfilar entre ellos para llegar a la tarima, y lo que sus ojos verían le indicaría a sus cerebros que esa mujer es demasiado de muchas cosas para estar ahí: linda, elegante, bien. Una mujer bien. Tan extraña, y hermosa, se sentiría con ojos sobre su cuerpo.
Ante ellos giraría para buscar sus miradas, uno por uno, mientras les explicaría, imploraría, que no había podido elegir. Le hablaría a la ley, personificada en esos hombres, e intentaría seducirla. ¿Cómo se suponía que actuara si era él quien la había elegido joven y hermosa? ¿Quién más, sino, le había dado a entender haciendo uso de la más cruel indiferencia que los sueños de amor caducaban? ¿Qué otro ser podía haberle transmitido mejor que él que cuando una mujer pierde su juventud pierde su razón de ser, de ser esa mujer para ese hombre? ¿Acaso otra persona había sido capaz de arrebatarle la inocencia para transformarla en algo abyecto? Él le había hecho comprender que cuando la eligió para siempre eligió la desidia, la inercia, que había sabido compensar con el ejercicio del adulterio, de encontrar otras mujeres que eran tres veces lo que ella era ahora, pero ni un tercio de lo que había sido antes. Y ya, en este punto, los hombres de traje estarían lo suficientemente tocados para proceder a explicarles que no existía otra salida, que la válvula de gas abierta en el cuarto donde su marido dormía no fue una elección que se le presentó, sino una imposición del destino, que era crudo. De la misma forma, les haría entender que la amalgama de estupefacientes que se encargo de introducir en su garganta, para evitar infortunios, había sido un acto espontáneo de la naturaleza y no ejercicio de cosa tal como el libre albedrío. Así, como corresponde, esos hombres verían en la mujer una víctima y no un victimario. Y así, ella podría volver a odiar a su vida cotidiana en lugar de convertirla en algo sublime por su ausencia, aunque sin tener que soportar más la violencia sutil, amordazante, de la indiferencia.
Todo esto puede pasar pero las sábanas siguen rozando sus pestañas.

sábado, 22 de agosto de 2009

La luz roja

Movimiento. Verde, amarillo. Ahora el colectivo desacelera. Rojo. Un sacudón leve para adelante y el cuerpo de Federico se detiene adentro de la jaula de hierro. Por afuera es roja y amarilla, con detalles pintorescos que recuerdan a otra época, pero a una Buenos Aires más Buenos Aires que esta de la avenida Cabildo donde la bestia se detiene ante la luz roja. Cruza un cardumen. Las caras para abajo a ver si se les pierden los pies. De vereda a vereda, de gris cemento a blanco pintura y otra vez cemento y sí, los zapatos siguen ahí. Eso piensa Federico pero el cardumen es siempre igual -estos no son peces de colores- y se aburre.
Al lado hay otro elefante pero este es de los nuevos, no centenario, aunque llega hasta avenida Centenario y justamente por eso no es rojo, es colorado. Las ventanas son amplias y en su amplitud está Federico cuando ve al especimen que se ubica detrás del colectivo vecino, el colorado. Es normal, ni la gran cosa ni la poca. Pero él piensa en cómo sería si gente de 1950 viera ese auto. El batimóvil les parecería. Mira para adentro. No, no es Batman. Aunque ella bien podría ser Gatubela. Hasta tiene el mismo color de tez que Halle Berry. Entonces se acuerda de esa película en la que Halle interpreta a una mujer pobre que, cocaína de por medio, ¿o era heroína? No, una heroína no puede ser porque abandona a su hijo en un tacho de basura. Pero después uno se encariña, cuando lo quiere recuperar y llora. Ah, la mujer del auto también está llorando.
Federico se imagina que el ruido que hacen las pavas cuando hierve el agua le sale por la nariz. Aprieta las manos como ganchos a los bordes de su asiento, pero es no es lo grave. Lo terrible es que las manos del hombre que no es Batman aprieten como ganchos a los brazos flacos de Halle Berry. Y lo peor es cuando mira esos brazos, Federico, porque el hombre mira para adelante, al vidrio del auto, y lo que le sale de los ojos se parece al fuego. Esos dos brazos llenos de moretones. Y el no Batman aprieta y lastima cada vez más a la mujer. Y la ventana que separa al colectivo de Federico del cemento de la calle transforma a su furia en impotencia. Por un momento los ganchos sueltan a Halle, pero no, es para peor. La mano se eleva, se eleva a la altura de la cara de tez oscura. Amarillo. La cachetada. Federico salta pero el colectivo sigue estando ahí, y lo sigue separando de la escena de la que es testigo. Verde. Luz verde para él.

lunes, 17 de agosto de 2009

La costa del mar de la isla de Seto

Un sacudón sin viento y Japón llegó a Buenos Aires. Así, seco, bruto. Por sobre todas las cosas, atemporal. Hiroshímiko. Ya por esos años, pocos para una vida, debía haber escuchado la teoría, que si se hace un pozo en Argentina se llega a Japón. Cuatro años debía tener. O tal vez faltaban cuarenta y cinco para mi nacimiento. La cosa es que una bomba explotó en Japón y se sintió en Buenos Aires. A mi no me lo contaron, lo escuché.
Años de recapacitación, meditación, aproximación, teorización y otros ción y la conclusión es esta: Promediaba el año 1944 cuando. O mejor empezar con: Érase una vez un joven japonés llamado Asakusa Yanurabi, criado en la costera y apacible, por ese entonces, ciudad de Hiroshima. ¿Hiroshima es costera? Google. Wikipedia. Érase una vez un joven japonés llamado Asakusa Yanurabi, criado en la costera y apacible, por ese entonces, ciudad de Hiroshima, que fue fundada en 1589 sobre la costa del mar de la isla de Seto, y tiene una población estimada de 1.157.962 personas, una densidad de población de 1.279, 5 personas por km² y una superficie total de 905,01 km². Asakusa era un muchacho tranquilo. Un muchacho tranquilo suena mediocre. Asakusa no llevaba el viento en la sangre, como todo buen muchacho japonés, cortés y burgués, sabía reprimir en tiempo y forma sus instintos y pasiones. Respetuoso de quienes lo precedieron en el honor de portar su mismo apellido, es decir, sus mayores, disfrutaba de pasar horas mirando el cielo y el mar (la costa del mar de la isla de Seto), permitiendo a su mente deambular por rincones éxoticos de su imaginación, mientras pretendía escuchar las historias que su abuelo remitía. Una tarde de marea baja, en el que la ausencia de viento y olas obligaba al joven a atender las palabras del anciano, se enteró de la teoría. Fue una revolución para su intelecto chaval enterarse de que un pozo en Hiroshima lo arrojaría en Argentina. Allí el General se imponía como figura central de la política y la sociedad, un terremoto destruía la ciudad de San Juan y cincuenta años más tarde lo mismo haría una bomba con la Asociación Mutual Israelita Argentina. Efemérides.
Los días de Asakusa Yanurabi se volvieron monótomos, con un objetivo escrito en su frente que perturbaba su visión en el espejo por no verse realizado. Primero fue una cuchara, después una pala y por fin un sofisticado sistema extraetierra. La locación cuidadosamente premeditada, lo más lejos posible de la playa, de la costa del mar de la isla de Seto, porque su experiencia le dictaba que cuando se cavaba en la arena pronto emergía el agua del agujero. Cacofonía. Agua agujero.
Y la parte trágica. Acá hay que cuidar que el tono sea trágico, bien dramático. Signos de exclamación, ahí va. ¡Aquel pozo que no representaba otra cosa que un agujero profundo, cual la profundidad del mar de la isla de Seto, en la infancia y en la inocencia de Akakusa Yanurabi! Y la tierra que de él extraía, que no era sino el vestigio, las ruinas de lo que algún día sería. ¡Un gran hombre! Padre de jóvenes tan prudentes como él lo había sido mientras cavaba, cavaba y cavaba agotando a cuentagotas la fuente de su juventud. No eterna, efímera, juventud pura. Esposo, más que eso, ¡fiel compañero!, de una hermosa doncella que cuidaría su virtud, ¡hasta la noche de su boda!, para después cuidar de él, de Asakusa, hasta que este pereciera en su lecho. Todo eso sería. No, no sería. Todo eso hubiera sido a no ser por la bomba, por la implosión que con ella se llevo el pozo y la joven vida.
Y acá viene lo contario de una analepsis, porque es para adelante. Buenos Aires a destiempo. Corría el año 1994. Las suelas de los zapatos de una mujer fueron sacudidos de su estable contacto con el piso, una leve pero notoria vibración subió por su cuerpo recorriéndolo hasta llegar al lugar donde se les atribuyó una significación que fue posteriormente relacionada con una noticia leída en el diario. Cincuenta años tardó el estruendo en atravesar el agujero zurcado por Asakusa Yanurabi y llegar a los cien barrios porteños. A uno de ellos, al menos, llegó, como un eco japonés, hiroshímiko, el temblor desde el mar de la isla de Seto. Como un sacudón sin viento. Partículas de aire japonés volando por Buenos Aires. Y qué extraño, estadounidenses, japoneses, judiós y menems estaban involucrados en la cuestión. Y cabía en la unión de esos dos átomos de oxígeno la política, la violencia, la guerra y la estupidez.
Otra no queda, tiene que haber sido así, sí o sí.

sábado, 8 de agosto de 2009

El Monstruito que cerró el parque de la imaginación

Hace días que mamá no me da una sorpresita cada vez que salgo de la escuela. También, hace días que papá está en casa cuando, por la tarde, luego de hacer la tarea, tomo la leche con mi hermana. Me pregunto por qué está acá y no en el negocio, su lugar de trabajo que, cada vez que lo iba a visitar- y hablo en pasado porque he dejado de ir- se volvía para mí un parque de diversión: pasaba horas inventando juegos con maquillajes, desodorantes y jabones; eran momentos que disfrutaba para abrir mi imaginación.
Su aspecto no es el de siempre, observo que tiene los ojos tristes, como cuando yo estoy a punto de llorar porque me retaron si me comporté mal. Está muy flaco y nervioso, no deja de fumar y cuando habla su mandíbula se traba un poco, según el médico tiene “disfunción temporomaxilar”.
Por estos días, en los noticieros los periodistas hablan todo el tiempo de las “próximas elecciones legislativas que definirá el futuro del Presidente” y además sobre el cercano aniversario del atentado a la mutual judía AMIA. Observo cada movimiento de papá. Está leyendo el diario, pero lo hace de manera rápida y no deja de hacerle comentarios a mi mamá, que lo mira y le hace un movimiento con la cabeza como de negación y acota: “Espero que la gente se dé cuenta que este tipo- por el entonces presidente Carlos Menem- está hundiendo al país, vamos a quedar todos en bolas”.
Como ya sé leer, desde la otra punta de la mesa, alcanzo a visualizar lo que está escrito en la tapa: “El desempleo continúa en alza (La Nación, 12 de julio de 1997)”. Como no entendí mucho la frase me animo a meterme en la conversación y a preguntarles qué significa. “Agus, eso significa que cada vez hay más gente que pierde su trabaj…”, dice mamá interrumpida por papá: “Dejá, yo les voy a explicar que es lo que está pasando acá”. Nos sentamos en ronda en la mesa, y papá empieza a hablar…”Hijas- cuando usa esa palabra es porque algo importante tiene para decir- estamos pasando un momento muy grave. Los que nos gobiernan y en especial nuestro presidente, el Monstruito- por Carlos Menem- están haciendo cosas en la economía que afectan a la gente, y por eso muchas personas pierden su trabajo…”.Sin vacilar, los dos se miran y papá respira “muuuy” hondo, y continúa: “Seguro han notado que desde hace días estoy mucho tiempo en casa, y de nuestro negocio ya no hablo más. Bueno, la cosa es que me fundí, y tuve que cerrarlo. Ahora soy un desempleado…desde ahora voy a tener que salir a buscar trabajo y vamos a tener que cuidar el bolsillo, comenzó el tiempo de las `vacas flacas´”.
Y sí, ahora ya entendí que papá como tantas otras personas se había quedado sin trabajo, todo por culpa del Monstruito. Tengo claro que si no recibí más sorpresitas es porque no alcanzaba el dinero para cosas que en realidad no nos hacen falta, y que ahora me voy a tener que conformar con lo que tengo y a valorar mucho más mis juguetes, en especial las Barbies, ¡que son tan caras!.
Me acerco y abrazo fuerte, pero muy fuerte, a mi papá, mientras le seco las lágrimas. Siento en su cuerpo que está más liviano, más tranquilo. Sé que muchos chicos como yo van a pasar por lo mismo, y sé que muchos padres se quedarán sin trabajo, como el mío. Pero van a ser ellos quienes, con su lucha diaria, harán llorar a “los de arriba”.

sábado, 1 de agosto de 2009

El incolumnado *

*Consigna para la facultad: descubrir y describir una "especie" en la Feria del Libro.


Una leyenda popular dice que bien atrás de nuestras memorias, ahí donde escondemos todos aquellos acontecimientos de nuestra vida infantil cuya asistencia requirió una firma en nuestro cuaderno de comunicados, todos nosotros, los humanos, tenemos reminiscencias de haber pertenecido a la especie que voy a describir a continuación.
La entrada al mundo de los vivos se da, para estos seres, de una manera muy burocratizada. Un papel sirve de pasaporte para el traspaso de la no existencia a la existencia. Es decir que los “escolaris excursionus” cuentan con una partida de nacimiento antes de respirar por primera vez.
El “durante” del pasaje del no ser al ser también cuenta con características muy particulares. Los nacimientos son colectivos, nunca individuales. Multitudinarios pero, sin embargo, ordenados. Los miembros de la comunidad naciente se ubican formando lo que nosotros conocemos como “filas”, columnas de individuos. En este punto tan temprano en su paso por la vida, surgen los primeros rebeldes, esos especímenes que se alejan del comportamiento que se espera que ejerzan los escolaris. Revoltosos, gérmenes de revolucionarios, subersivos: la peste. Afortunadamente, como siempre en nuestra historia, la parte más diestra del ser humano sabe introducirse en la formación de estos descolumnados desde el inicio: la maestra ordena al alumno que forme en fila como el resto de los miembros de su especie.
Una vez superado el parto, los escolaris se encuentran ya en el hábitat donde transcurre su existencia. Recorren eternos pasillos que son, para ellos, como avenidas y rutas. Lo que en nuestras modernas sociedades llamamos “Estados-Naciones”, para los escolaris toman la forma de “Stand”. La observación metodológica que un investigador llevó a cabo, mientras hacía trabajo de campo, reveló que un determinado individuo de la especie demostraba un sentido de pertenencia muy marcado dentro del “Stand 1364”. Los científicos compararon este comportamiento con en nacionalismo profesado por muchos humanos.
Si bien la vida de los escolaris excursionus no presenta mayores sobresaltos, hay un dato que alarma. Exámenes cognitivos realizados a distintos especímenes dan a conocer que la mayoría no es conciente de su razón de ser, es decir, del motivo por el cual fueron expulsados al mundo. No es de público conocimiento entre ellos que su hábitat, ese que presenta techos muy altos y pabellones que hacen las veces de continentes, alberga la presencia de objetos inanimados con el potencial de poner a funcionar su alma: solo requieren el trabajo conjunto de dos ojos, una mente y un corazón.
El fallecimiento de estos seres se da en iguales características que su nacimiento, solo que en el sentido inverso. Así como muchos hombres que estuvieron cerca de la muerte dicen haber visto una luz blanca que los acercaría a su nuevo destino, aquellos escolaris que se aventuraron antes de tiempo a la salida que da a Plaza Italia afirman haber divisado un colectivo naranja que sería su vehículo a la vida después de la muerte.
Durante esa existencia post-mortem de la que solo los excépticos descreen, puede ocurrir que algún individuo rebelde tome en sus manos uno de esos objetos inanimados previamente descriptos, es decir, un libro, y se sumerja en él. Este hecho fortuito, no obstante, poco habrá tenido que ver con su vida terrenal como niño en una visita escolar a la Feria del Libro. Y si bien siempre habrá alguien para ordenarle que vuelva a formar fila, la experiencia de dejarse atravesar por la lectura le permitirá seguir siendo para siempre un incolumnado.

martes, 21 de julio de 2009

Algo así como un cuento

La hermana de Lucía tiene veinticinco años, apenas un poquito más que la mía. No es tan raro. Una vez, Macarena me llevó a comprarme una campera, porque un señor en la tele había dicho que se había acabado el verano. Qué triste, pensé. Pero por suerte al año siguiente volvió. La mujer del negocio pensó que Maca era mi mamá. ¡Qué gracioso! Ella estaba distraída porque no se rio.
Hoy en el recreo nos pusimos a hablar de las hermanas porque parece que la de Lucía no va a vivir más con ellos. Tiene un novio, pero no como yo con Juan, un novio de grandes, y se va a mudar con él. También dijeron algo de que en nueve meses Lucía va a ser tía. ¡Qué ridícula! -Lu, las tías son personas grandes, como las mamás-, le expliqué.
Yo no sé por qué Macarena no tiene un novio de grandes. Una vez vi una foto en la que aparece abrazada con un chico. Él era rubio y parecía un poco más grande que ella, que debía tener menos de quince años. Se agarraban de las manos y ella lo miraba. Le pregunté a mamá quien era pero no me respondió, me sacó la foto de las manos y la volvió a guardar en la caja. A Maca no le quise preguntar, porque ella a veces es rara conmigo. Yo siempre envidié un poco la relación que tiene con Nacho. Capaz que es porque él es más chico. Me acuerdo cuando nació y a mi me regalaron una muñeca que, según me dijeron, me la traía mi nuevo hermanito.
Algunos bebés nacen del cuerpo de la mamá directamente y a otros los tiene que sacar el doctor. Mi maestra explicó eso cuando estaba en tercer grado. A Nacho no lo tuvo que sacar el doctor, nació de una. Lucía contó que a ella la sacó el doctor porque su mamá había tenido a Marcos dos años antes, entonces era peligroso que saliera directo. Yo no sé como nací.
El día que ví la foto, mientras tomaba la leche me acordaba de eso. A veces tengo que pensar un rato para acordarme las cosas que aprendí otros años en el colegio. No se que sentido tiene que la escuela dure tantos años si después me voy a olvidar. -¡Yo no soy dos personas!-, el grito de Macarena interrumpió eso que estaba pensando. Otra vez lo mismo, la eterna discusión. Así escuché una vez que la llamaban: “la eterna discusión”. Pero no sé, yo no sé porque discuten siempre Maca y mamá. Creo que por deporte. -Tu pasado ya no es tuyo. No quiero ver más esa caja. ¡Hoy la nena casi se da cuenta!-, yo ya tengo nueve años, casi que no soy más una nena.
Como ya estoy más grande, mi mamá me contó hace poco algunas cosas que toda mujer tiene que saber. Parece que hay como dos grandes mundos, uno puertas adentro y otro puertas afuera, eso me explicó. De lo que pasa en el de adentro no se tienen que enterar los demás. Yo no tengo que contarle a nadie, ni a Lucía, de las discusiones en casa. Mi mamá piensa que lo que creen los demás de uno nos define como personas. En “la eterna discusión” de un día escuché que decía eso. Eras muy chica, vos me obligaste, qué iban a pensar, tirá esa caja, te juro que un día de estos le cuento: la eterna discusión.
¿Podré contarle a Lucía de la caja rosa? No sé si es algo del mundo de afuera o de dentro, yo solo vi la foto de Maca con el chico pero me parece que hay otro mundo diferente ahí. Es algo así como el sistema solar, lo aprendí a principio de año. Hay muchos planetas que giran alrededor del sol. Pero también hay otros soles y otras galaxias. Entonces, en otros lugares las cosas pueden ser diferentes. Yo creo que algo así pasa en la caja rosa.
Ayer la discusión fue más lejos y yo me quedé triste. Es raro, ¿no? Estar triste y no saber por qué. Yo me hice muy chiquita, sentada en el piso, con los piernas dobladas y agarradas fuerte entre los brazos. Pensaba que si las apretaba más y más me iban a doler. Así capaz que me distraía y no escuchaba más los gritos. Quería ver mis piernas rojas para que mamá se diera cuenta de que estaba ahí y dejara de señalar a Maca con ese dedo viejo, arrugado. Quería ser toda roja, entera. Y Maca seguía llorando y gritando. -¡Es mía, me sacaste lo más íntimo, lo mas mío!- Yo seguía apretando, más fuerte, más. ¡Soy naranja!, ¿no me ven? Y Maca, más calmada, miraba la puerta de la casa pero sin mirar, era como si hubiera un papel en sus ojos. -Ya no sé quien sos, no sé quien soy, no sé quien es mi...- ¡Ya soy roja! ¡Miren! ¡Soy roja!


La nena dejó el lapiz y el cuaderno sobre la mesa. Como si en las últimas palabras que escribió hubiera entendido algo que antes no, caminó despacio, invisible, hasta el cuarto de Macarena. Con cada paso se hundía sobre la alfombra, pero no reparó en eso, prefirió mirar hacia arriba, hacia la estantería. Agarró tres libros y los puso sobre la cama, no era la primera vez que lo hacía. Con el cuidado suficiente para no caerse, armada de una paciencia impropia para alguien de nueve años se paró sobre ellos y estiró la mano hacia la parte superior de los estantes. Alargando los dedos alcanzó con las yemas los bordes de la caja. El rosa estaba gastado por una década de existencia. La apoyó sobre la cama, despacio, y sus ojos no reconocían otra cosa, otro mundo, que su interior. Más fotos del chico rubio que sonreía y abajo, en una esquina y pegada sobre el fondo de cartón, la imagen de Macarena de perfil y sus dos manos posadas sobre su vientre. Su vientre grande, redondo, sobresaliente de la esbelta figura que siempre supo conservar. No siempre. Debía tener menos de quince años.

miércoles, 15 de julio de 2009

Reminiscencias de "ese" diciembre

Allá los porteños eran todos iguales y yo era porteña. No, más que eso: “la porteña”. Se ve que la partida de nacimiento que decía “Capital Federal” y los viajes frecuentes a la ciudad pesaban más que haber vivido siete de mis doce años en el Interior, más de la mitad.
Era otro país: Buenos Aires. Yo sabía que lo que mostraban los noticieros era sólo una parte, que no alcanzaba a ser una guerra. Por eso me pareció rídicula la conversación. No, no era una locura ir a pasar navidad y año nuevo a Buenos Aires por más saqueo, cacelora y presidente en helicóptero. ¿Buenos Aires? Incivilizados porteños, salvajes saqueadores de supermercados, terrorismo y vandalismo: la barbarie. No fueron esas sus palabras, por su supuesto, pero estaban contenidas en la pregunta, si estaba loca en viajar a Capital justo en esos días. Claro, capaz que fue la misma compañerita a la que unos meses antes, un día de septiembre, su mamá no la dejó salir de la casa por miedo a que dos aviones chocaran contra... ¿la torre de agua?, ¿el hotel “El Faro”, que era el único edificio de Trenque Lauquen?

¿Pero qué pasaba? Convertibilidad era uno a uno. Eso me habían explicado. ¿Devaluar? ¿Por qué el peso tenía que valer algo en dólares? ¿Y cómo que la plata tenía un equivalente en oro que estaba guardado? ¿Y por qué? ¿No podíamos imprimir pesos por nuestra cuenta y que no tuviera nada que ver con Estados Unidos? ¿Por qué no, Pa? Y si el sabía todo, pero todo, y me explicaba, y yo no me podía imaginar que algún día iba a discutir de política con él, ¿por qué lo había votado a ese que ahora se iba, que todos decían que estaba dormido?

Sí, seguro que De la Rúa había hecho las cosas mal. Pero yo sabía, porque en casa lo odiaban, que tenía más que ver el otro, el anterior. Él había empezado a gobernar el mismo año que nací yo. Decían que se llevaba al peluquero en el avión presidencial, que era un ladrón. Y cuando pasaba todo esto, y hasta hubo muertos y varios presidentes en una semana, yo me acordaba de unos años atrás cuando todavía vivía en Capital, en Villa del Parque, y una noche apagamos todas las luces del departamento y nos quedamos mirando por el balcón todo el barrio a oscuras. Era un apagón en protesta contra Menem. Un presagio, tal vez, de lo que todo iba a reventar en el 2001. Porque el uno a uno era una burbuja, eso me habían explicado.

Pero ahora ya no había balcones sino veredas donde jugar sin miedo. Y ese diciembre no fue tan distinto de otros en Trenque Lauquen. O capaz que sí, y yo no me enteré si cerraron muchos negocios o si mucha gente se quedó sin trabajo. Pero Buenos Aires era otro país. Y Trenque Lauquen era, y sigue siendo, la tradición, más allá de ese Fiat 600 que vi por esos días andando por la Villegas, como un eco de lo que pasaba en la Capital, todo pintando de colores y con una inscripción: “Que se vayan todos”.

martes, 14 de julio de 2009

Literalmente

“Te voy a comer a besos”. Ese fue el presagio de lo que iba a ocurrir esa noche entre los amantes. La madrugada siguiente solo quedaban en la habitación algunos huesos y vísceras, aquellos órganos que los dientes no habían podido despedazar. Ahora, los dos eran un cuerpo. Antropofagia.